Pudo ser un hecho de consecuencias trágicas. Pero no fue así. Se desarrolló en pocos segundos, pero para los protagonistas que lo vivimos fue interminable y no esperado. Un evento que nadie deseó y que sorpresivamente espantó a muchos, a todos. El golpe fue tremendo.
Corría el mes de noviembre de 1943. Era el mediodía y el aviso tan esperado de terminación de las clases matutinas sonó con estruendo en los patios y en las aulas de la Escuela Normal Sarmiento de nuestro San Juan.
Como de costumbre, el personal directivo de pie en el vestíbulo principal del edificio escolar, vigilaba la salida bulliciosa de los estudiantes quienes tomarían la calle Alem bajando a saltos los numerosos escalones marmolados, dejando atrás las abiertas y grandes puertas de acceso. En el grupo íbamos mezclados, niñas y muchachos, los alumnos que días después recibiríamos el diploma de Maestros Normales luego de 4 años de secundaria. ¡Maestros! ¡Qué título!
Todo era algarabía. Todo era despreocupación de adolescentes y de jóvenes. Había que apresurar el paso para llegar al almuerzo familiar.
A mi avanzada edad de hoy tengo olvidado el día justo de la semana en que el acontecimiento heló la sangre en las venas de adultos y de menores. ¿Fue lunes o martes? Quizá sábado.
Nadie lo invitó. Llegó sin aviso. Un raro y mareante bramido nos envolvió y nos cortó la respiración. Y sin dar tiempo a respuesta alguna sobre su origen, un violento brincar del suelo, un temblor, nos espantó.
Hubo gemidos y gritos que acompañaron al crujir de puertas y de ventanas. Algunos corrimos hacia cualquier lado, tambaleantes, atropellándonos en desorden.
De pronto y en pleno desconcierto, la Directora y otras autoridades, a viva voz y con energía militar, de espaldas al amplio acceso, ordenaron levantando y agitando los brazos: "Nadie sale a la calle… Deténganse, obedezcan… Ya pasa… Ya pasa…".
El piso vibró unos segundos más y los ruidos cesaron. En parte volvió a reinar la calma y entonces sí, a una señal, todo el alumnado recién descendió por la escalinata frentista en orden, comentando asustados lo ocurrido y dispersándose ahora más aliviado. Las autoridades, cumpliendo con su obligación, procedieron como correspondía, evitando tropiezos y caídas de consecuencias impensadas.
El cimbronazo, el golpe, fue fuerte y la inseguridad en las veredas y en las calles era una realidad. Muros y cornisas, cables eléctricos, los pocos vehículos descontrolados podían amenazar a los desprevenidos transeúntes.
El edificio de la Normal, como otros, no sufrió daños. Había sido levantado a conciencia por expertos constructores y profesionales técnicos, rigurosos obedientes de las exigencias de la buena construcción.
En el invierno de ese mismo año, junio o julio, se había producido otro sismo semejante, sin consecuencias serias tampoco. Fue al anochecer. Parecía que la Tierra se preparaba para otro sacudón más violento, el que se produjo desgraciadamente el 15 de enero de 1944 casi a las 21, un sábado trágico.
Volviendo al final del 43, pasada la Navidad, pocos días antes del fatal sismo de enero del año siguiente, mis mayores decidieron celebrar la terminación de mis estudios secundarios: mi recibimiento de Maestro Normal. Así se estilaba entonces. Yo tenía sólo 17 años y unos meses.
Nuestro antiguo caserón fue remozado con ese fin. Aquí se clausuró una puerta con adobes y barro; allí se abrió una ventana; se cubrieron varias paredes con bellos y apergaminados papeles o pintura.
La noche lució espléndida, con niñas y varones trajeados a la moda acompañados de familiares y amigos: casi un centenar de personas entre estudiantes egresados y otros.
Música, valses, boleros, estribillos, rondas, comida y bebida. Al fin, una noche para no olvidar. La tengo muy presente aún hoy.
De continuo recuerdo aquel momento como también pienso lo que pudo ocurrir si el sismo del mes siguiente, a 2 escasas semanas, se hubiera producido esa noche. Así ocurrió en aquel San Juan de entonces.
Hoy, a más de 450 años de fundada mi ciudad natal, la desaparecida aldea chata y polvorienta, se yergue una nueva, importante, moderna, bulliciosa, activa. La construcción sismorresistente la ha convertido en una urbe clasificada como una de las más seguras para vivir, entre sinfín en el mundo.
Sus anchas avenidas, como el resto de sus calles, con 2 ó 3 filas de árboles de varias especies por kilómetros y kilómetros la hacen un pulmón oxigenador sin límites.
Edificios que buscan las alturas por aquí y por allá y otras características distintivas tan diferentes a las de antaño.
Nuestro querido San Juan siempre tendrá su viento Zonda, a veces su sol calcinante, sus viñedos, sus montañas ricas y majestuosas, sus valles ubérrimos. Y además sus sismos, para los que hay que resignarse a recibir como visitas inesperadas y aprender a soportarlos para evitar nefastas consecuencias: respetando las rigurosas exigencias de las reglas de edificación, ejemplo en el mundo, y otras medidas protectoras. No hay otra para los sanjuaninos.
(*) Escritor.
