El mundo se ha conmovido por la prematura desaparición de Steve Jobs, uno de los cerebros más brillantes de nuestra época, que puso en manos de millones de personas las herramientas tecnológicas que transformaron los hábitos y costumbres de la vida moderna. Al reinventar el uso de la informática, la manera de escuchar música y el uso de la telefonía móvil, hizo aportes a la humanidad comparables con las realizaciones de su evolución histórica.

Como los grandes genios, Jobs fue un soñador, adelantado en la inventiva para facilitar la vida cotidiana, pero también fue el presidente ejecutivo más grande de su generación, reconocido por sus rivales de un mundo altamente competitivo donde el producto final es la inteligencia aplicada. Tal vez la mejor síntesis del pesar de la comunidad científica y empresaria, la dijo el presidente de Estados Unidos, Barack Obama: "El mundo ha perdido un visionario. Podría no haber mayor homenaje al éxito de Steve que el hecho de que gran parte del mundo conoció su muerte en un dispositivo que él inventó".

Pero también Jobs fue un ejemplo de vida. Hijo de padres adoptivos debió abandonar la universidad debido a sus carencias económicas, pero no abandonó su pasión por la tecnología y gracias a su empeño llegó a fundar una empresa líder que produjo productos asombrosos, estableciendo normas para todas las industrias informáticas y electrónicas de su especialidad. La muerte de Jobs, a los 56 años, tras padecer una enfermedad incurable, desató múltiples homenajes de personas comunes, de líderes mundiales y de empresas rivales, que por igual lamentaban la muerte de un arquetipo del "sueño americano": llegar a la cúspide, desde la nada.