Ha tomado la guitarra como a un hijo que quiere atar a su ser para que viva allí para siempre. Ha adoptado esa pose vigorosa frente al público, como desafiándole tonadas y valses. Así se para Viviana Castro en el escenario, así en la vida. Recuerdo con enorme emoción cuando hace unos años cantó en el Auditorio Juan Victoria, acompañada por la Orquesta Sinfónica de la Universidad Nacional de San Juan, en una velada magnífica que se denominó "Mujeres Sanjuaninas", junto a otras intérpretes de la música cuyana, en un merecido homenaje a los 60 años de DIARIO DE CUYO. Ella era la digna "decana" de esas hermosas voces sanjuaninas, y se lució como una reina, mimada por todos, acariciada por los aplausos que compartió con mujeres brillantes.
Poco la vi desde entonces. Sé que vive, como siempre, cobijada de acordes y serenatas de pájaros en su casa del Barrio Obrero Rawson, paladeando los logros obtenidos en un largo camino de rasguidos y perfectas afinaciones. Seguramente allí, cuando las nochecitas fragantes comienzan a encender luceros a besos de lunas desveladas, ella ha de tomar en sus manos ajadas y profundamente cuyanas su guitarra fiel, y ha de enderezar nostalgias a pura fuerza de tonadas y cuecas.
Te extrañamos, Viviana. Te extrañan los grillos que te han copiado arpegios para inaugurar patios y jazmineros; te extrañan tus escenarios; sí, tus escenarios, porque nada nos pertenece más que ese recinto noble donde elegimos jugarnos los sueños y tratar de compartir amores con la gente. Guitarras de balcones y zaguanes extrañan ese decir robusto, esos acentos donde los valsecitos criollos endulzan todo lo que tocan, esa bonhomía que te han enseñado los entreveros de las peñas; te echan de menos esos racimos preñados de galanuras que son los cogollos.
Vos también, querida Viviana, nos acariciaste eligiendo algunas de nuestras canciones. ¡Qué regalo mejor que ése de subirte al barrilete de nuestros sueños! Gracias por todo eso. Pero, fundamentalmente, gracias por haberte jugado las quimeras por la música cuyana, ese bastión que nos enorgullece por haber sido parida acá, por románticos, bohemios y soñadores de barrios donde si bien se han volado al viento del progreso los balcones y zaguanes, seguimos experimentando el orgullo de haber nacido aquí, donde la tonada se ufana de ser humilde pero profundamente nostalgiosa e intimista; donde la cueca es nuestro escudo de brillos y exaltaciones; donde nuestras canciones andinas se vuelan entre paraísos de países extraños y nuestro vals se erige en el más bello cuento de los amores.
