Dejaron para siempre el viejo banco de la placita del pueblo donde circunstancialmente se conocieron y armaron a temblores el primer beso, ese incendio rumoroso de los quince. El corazoncito con el cual él lastimara el enorme sauce los vio alejarse. Cada uno tomó el rumbo que pudo o que la vida les demandó. Construyeron historias, risas y pesares, para que el tiempo se encargara de inventar dos seres humanos irrepetibles.
El tiempo, ese reloj de piel de calidoscopio, fue diseñando manos rugosas y ojeras azulinas, al encargarse de sus crónicas y sueños; hasta que él, desde una soledad que ya no se podía, decidió ir a buscar aquella tarde donde dejó el primer amor.
Aquel pueblito que los encontrara y los perdiera estaba casi igual. La placita con árboles más robustos y nuevos bullicios. Se acercó con cierto encantamiento al viejo banco hoy repintado, y buscó en el sauce añoso el corazoncito que había dibujado en su tronco. Estaba. Claro que con las estrías que los años y las primaveras perdidas le habían inferido. Adormecido en quimeras, balbuceó algunas frases que le pareció que se olvidó de decir cuando se separaron. Perfectamente sabía que era casi una profanación a la vida de ella el buscado encuentro, porque nunca más la vio luego de cuarenta años; y que lo suyo parecía más bien un capricho prácticamente infantil. Pero, "no importa” -se dijo- "vengo a encontrarla, más allá de sus circunstancias, que -por supuesto- respetaré. Vengo a buscar la muchacha que una tarde de marzo besé en este banco y por la cual herí el sauce en prueba de amor”.
Estaba seguro de que la invitación que había dejado en el teléfono personal que había obtenido, no podía ser ignorada.
Cuando el ocaso se llevaba la tarde en cuna morada, se levantó del viejo banco y miró extasiado el rostro neblinoso y perfumado de ella; acarició el corazoncito del sauce y la tomó de la mano. Así, como hace más de cuarenta años, tomaron la placita por territorio; ella levantó del piso regado una flor final del cansado rosal ambarino y se la entregó. Un beso rojo flotaba por canteros, buscando cielo por entre los carolinos. Dicen que el aire perfumado de cercana lluvia los vio pasar. El vendedor de flores les ofreció un ramito. Él se puso frente a ella y colocó en su mano un clavel rojo que resbaló en el vacío donde una mano imaginaria no podía sostenerlo.
