La persona no ha nacido para limitarse en su proyección, sino todo lo contrario. Sin embargo, una forma de medir esa perspectiva en el hombre reside en la limitación que él mismo se impone cuando exacerbadamente insiste en transponer los marcos de la cordura para subvertir el orden y quebrantar la paz. En ese espacio de la vida, mucho más que la insensatez, puede la injusticia que es, lisa y llanamente, lo contrario a la justicia. Esa característica idónea, lógica y posible llamada justicia, no es considerada necesaria al orden social para que éste exista, pero sí es esencial para la vida y su desarrollo, donde aparece, irremediablemente, como constante en el acto de la persona humana.

Se ha mencionado en tesis enciclopedistas que para que haya orden social no es imprescindible la justicia, sin embargo, y no merece exhaustivo análisis, para que haya un orden social determinado, necesita poner su génesis al amparo de una concepción virtuosa para que la comunidad se encamine hacia los altos fines previstos en la Creación y aprehendidos desde la naturaleza del hombre. Es la naturaleza del hombre la que percibe su bien, porque allí está su racionalidad, y de ella nace el enlace que le vincula con su inteligencia para andar el camino conteste a ello. Cuando la avidez desmesurada de su pretensión lo apartan de la realidad que le contiene, el hombre camina el sendero de la desvalorización de su destino, se encumbra en el status del disvalor, porque la ilógica lo enfrenta, fatalmente, con la libertad comprometida en la ley consensuada por todos, y fuera de esa perspectiva, el individuo se exonera del orden social por no estimular su percepción para entenderle.

De este análisis, se desprende que el orden social será considerado justo cuando arbitre, regle o norme la conducta de los hombres de modo que todos queden satisfechos y logren su mejor estado. El mejor estado del hombre no es producto de la casualidad, sino de su relación con la causalidad, secuencia que le cuesta definir en su infortunio. En su búsqueda profunda de su "yo" interior, lo primero que acuna al hombre y que le contiene en su existencia es la justicia y no el amor ni el instinto de quienes le cuidan o protegen. El amor y la voluntad preceden a todo y están en acto eterno, pero el hombre comienza a ser por la justicia de esa creación que toca a su entorno y en él. No pervive por el amor y la voluntad de otros, sino por la justicia de todo lo creado que hace posible la manifestación del amor y la voluntad humana. La Creación fue pensada en el marco de la justicia para que sirva al hombre con justicia, pero en la tierra culpamos a la opresión, a los problemas económicos, a los cambios culturales e intentamos transformaciones con la revolución social y política.

El hombre presiente la injusticia, pero pregona otros lineamientos para endulzar la vida que lo aqueja y que nada tienen que ver con la justicia y ni siquiera la propone desde las altas tribunas. La carencia de justicia en todo el espacio de supervivencia humana ha provocado el llanto lacerante del ser humano que nunca supera el sufrimiento. En medio de extraordinarios avances tecnológicos que le colman de confort no ha logrado en miles de años superar sus escollos sustanciales, ni ser feliz, y mucho menor, alcanzar su paz interior.