"…Como animal cansado, Juan pedalea el triciclo los otoños amarillos o los fuegos del verano…".

 

Por la calle áspera el carrito de Juan se desliza a contramano de sus cansadas piernas. No es ese su nombre. Creo que no me corresponde revelarlo. A brazadas de tristeza cruza la tarde, y todo el vecindario le devuelve respetuoso saludo. Una cicatriz de alcohol le ha borrado del rostro la perspectiva de sus pasadas sonrisas. Como animal cansado, pedalea el triciclo los otoños amarillos o los fuegos del verano. La mirada neutra se le ha vuelto llorosa, y parece que ya casi no puede desensillar la pena que le está doblegando la espalda. 

Un día de esos tristes, me contaron que había muerto. Un automóvil lo embistió por la espalda. Acá cerquita, en el pecho del barrio que lo vio pasar niño frágil e ilusionado, aquellos bermejos días de su vida en brote; que vio su fama de buen boxeador, y se hizo potrerito incansable viéndolo correr la de trapo aquellos crepúsculos cuando exhibía el alma urgente. 

Muchas veces, al pasar, detuvo su añoso carrito y me compartió nostalgias de nuestra canchita de enfrente, corriendo una redonda que ya ni la luna llena podía delatar entre el atolladero de sombras; pero que, por ese raro instinto de los niños, siempre lográbamos patear. Con él y otros chicos del barrio tenemos pequeños firmamentos de infancia compartida. La vida, esa ventisca que es carne de libertad y fatalidades, nos desparramó por diferentes caminos y nos armó las manos con instrumentos desiguales. Uno siempre se encuentra con un amigo de aquellos, y, desde los hombres diferentes que hoy somos, por sobre historias diversas que nos contienen, por sobre los campanarios o abismos que supimos conseguir, están aquellos pequeños cielos por los cuales nos acurrucamos en la felicidad. 

Juan ha colgado en una estrella la flor marchita de su carrito volador, como un día colgó sus guantes de triunfos juveniles; aunque no descarto que alguien sugiera que, en uno de esos días en que la tarde cae en la melancolía, ha oído refunfuñar el triciclo, y ha sospechado que no iba solo. Sus chuecas de patear redondas entre las sombras de la Villa Zavalla se han detenido un instante, y nos mira tranquilo desde la inmensidad. 

Le hicimos una zamba que susurraba: "…Sube la luna al triciclo, que empuja el sueño de Juan, y en una esquina del barrio le enciende las manos para continuar…". El corazón final se ha puesto a repasar una vida de quimeras resignadas, una vida como un fardo de ausencias; buscarse y buscarnos por entre los pequeños cielos de un ayer lozano, y rezongar amargos vasos de vino ingrato. Entonces, desde ese balcón desde donde otrora ha mirado el mundo con ojos cristalinos de niño y más tarde con dañada sonrisa de hombre, seguramente ha de ensayar sus saltos hacia la luz.

 

Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete