Mientras escribo este artículo, algún empleado miente a su jefe; una alumna copia su examen; un abogado alarga el proceso para cobrar más honorarios; un médico pide a su paciente exámenes innecesarios para derivarlos al Laboratorio con el que trabaja; un ciudadano paga una coima a un funcionario público. La lista de conductas deshonestas sería interminable, pero bastan estos ejemplos para preguntarnos: ¿podrá una persona cambiar de opinión sobre lo que es éticamente correcto para su vida? ¿Logrará una sociedad reducir sus índices de corrupción? Según el Informe del Banco Mundial de 2105 ‘Mente, Sociedad y Conducta”, la respuesta sería un rotundo ‘si”.
Compartimos esa teoría y para sustentarla, entendemos que lo primero es descifrar cuáles son los patrones comunes en los casos descriptos. En principio, cada una de estas personas procura satisfacer un interés personal (ascender, aprobar, ganar más, etc.) priorizando el fin por encima del objeto moral de su conducta. Por ello siempre tenderemos a autojustificarnos aceptando que el fin justifica los medios.
El segundo patrón común es el aprovechamiento de la ausencia de la mirada alerta del otro. Ya sea por abuso de poder o amparado en una relación asimétrica, lo cierto es que el sujeto asume que nadie evaluará moralmente su accionar. De allí la impunidad que muestran las personas deshonestas que tanto agravia a aquellos ciudadanos responsables.
Aclarado esto, debemos dar un paso más y preguntarnos ¿cuál es el itinerario que recorre la razón para tomar decisiones? Recordemos que el individuo no es un autómata impermeable a sus emociones, historia personal, ni a las normas sociales de su contexto. Cada decisión tomada no se realiza en abstracto ni ajena a procesos mentales que perfeccionan la conciencia moral espontánea. Cuando optamos emitimos un juicio valorativo previo a la elección, a partir del cual aprobamos o desaprobamos las alternativas. En este proceso explicitamos principios y valores, la propia experiencia moral y el ethos social, a partir de los cuales valoramos éticamente nuestras opciones.
Podemos ya encarar los interrogantes iníciales resumidos en la siguiente pregunta: ¿las personas somos fatalmente deshonestas y corruptas? Entendemos que no. Veamos algunas razones que pueden a la vez actuar como pautas orientadoras.
Cuando la conciencia prioriza los fines particulares como criterio moral, buscará atajos mentales (pensamiento automático) y será devorada por la moral de situación. El resultado está a la vista: la persona con una visión parcializada y asociaciones mentales indebidas, restará importancia a las consecuencias morales de su acción y sacará conclusiones erróneas. Aquí es donde la Ética, disciplina eminentemente práctica, aparece como mapa de ruta indicando pautas concretas para tomar la decisión correcta. Una de esas pautas es educar la conciencia para emitir juicios verdaderos, ciertos y rectos, aprendiendo a reflexionar (volver sobre uno mismo) para evitar el pensamiento automático y los atajos mentales. Juega un papel trascendental la educación emocional.
La ausencia de la mirada evaluadora del otro tampoco contribuye a modificar patrones de conductas deshonestas. Debemos ser realistas, lo ideal es que nuestras decisiones sean una opción libre como inclinación espontánea hacia el bien individual y social. Pero este nivel de decisión requiere de un juicio prudencial, que como toda virtud, demanda esfuerzo, repetición, adiestramiento y constancia. Mientras tanto, las sociedades desde tiempos inmemoriales, han creado sistemas de premios y sanciones para alentar o desalentar conductas beneficiosas o perniciosas para el entramado social. Una sociedad que manifiesta tolerancia o indiferencia a la deshonestidad y a la corrupción, emite señales equívocas. El ciudadano honesto, contempla atónito, como la deshonestidad y la corrupción se desvanece en la masa anónima e injusta de las generalizaciones. Es el caso del que soborna, copia en un examen, o se aprovecha de su paciente o cliente y piensa que no hay dilema moral porque la mayoría lo hace. Me viene a la mente las llamativas respuestas de un grupo de alumnos universitarios de Ética Profesional. Debían señalar, en orden jerárquico, de un listado de seis opciones, las medidas que tomarían para revertir el desprestigio profesional. Las opciones más señaladas fueron: 1ro- Imponer sanciones disciplinarias más severas; 2do- Implementar la Censura pública. Las dos opciones demuestran la necesidad de la mirada del otro evaluando nuestro accionar.
Es cierto que las sanciones no siempre evitan la conducta deshonesta, pero constituyen un factor que influye sobre el comportamiento humano.
Desde nuestra visión antropológica, el ser humano no está fatalmente llamado a ser deshonesto. El predestinacionismo de Calvino es una afrenta a la libertad humana. No hay determinismo biológico o cultural que anule el señorío de la libertad de elección. Nuestra libertad está siempre situada en un determinado contexto que puede limitarla, pero nunca anularla. Somos y seguiremos siendo autores de nuestra biografía personal y moral.

