
Al borde del ardoroso medio día sanjuanino, jornada infernal, luego de varios años volví a escuchar su ruego, aquel pregón que me acompañó las sorpresas de la niñez: silbido dulce, escalonado en notas acariciadas que llenaba de armonía los oídos. Ahí estaba llena de gracia la vieja y estridente flautita de plástico que sobre sus labios deslizaba el canto de pájaros vírgenes en tonos ascendentes y descendentes. Allí estaba él con su singular bicicleta, que sin duda había armado con retazos sentimentales de la calle, extraño vehículo al que había incorporado un mecanismo de correas que gracias a un rápido movimiento mecánico convertía en piedra de afilar.
El hombre agradablemente ataviado con las galas de su humildad, parecía haber vuelto desde el nido de algún sueño invicto o es que simplemente nunca se fue del barrio. Quijote empecinado en doblegar los modernismos, la tecnología sin alma y la tantas veces desalmada globalización. Resabios de un pasado dulce, el viejito se obstinaba en no morir porque sí, ya que tenía un mensaje que dar a domicilio, el de la perdurabilidad de las cosas simples, nada menos, con el cual se ganaba decentemente la vida; rol de pura dignidad por el cual se allegaba a los corazones sensibles para dar testimonio de una vida en gran medida pretérita que seguramente en muchas cosas fue mejor.
La vecina lo paró. Al rato salió con un par de cuchillos inservibles y una tijera oxidada. Él desensilló su cabalgadura de hierros, piedra y cuero y les hizo frente; trastocó el vetusto vehículo en la afiladora diseñada por sus manos ajadas, y con el prodigio de sus dedos creadores, como el mago de un pueblito escondido, dio a luz un chisporroteo de luciérnagas en el tremendo agobio de ese día de perros. Y la mañana culminante se le encendió, y el chillido de mil violines rotos que salía de su escuálida máquina comenzó a dar forma a los filos, para que hablaran el lenguaje de una luz delgada, bello modo de servir a nuestro cercano universo cotidiano. Y la desahuciada tijera de la abuelita resucitó. Y los cuchillos encontraron entre sí los ojos vivaces en espejos fulgurantes. En el lastimado trapo había vuelto a parir la tijera estropeada e inútil, y los cuchillos obreros de la comida diaria daban un ejemplo de la conversión de la postración al deseo de vivir. Y la señora de enfrente sonrió, y él se quedó con unas pocas monedas que se le escurrieron en llovizna azul de sus dedos artistas, feliz de haber enaltecido la dignidad del trabajo, satisfecho de ser el labrador de su sustento y mostrarnos del mejor modo el aguante indoblegable del esfuerzo y la belleza, para nuestra admiración.
Y así como vino -afable guerrero de todas las calles- por la carpeta ondulada de tierra o el asfalto agrietado de los barrios más protegidos, así se fue envuelto en la belleza de su jornal; cargó el tajeado trapo que pedía sustituto pero proclamaba batallas ganadas, acomodó la rispidez de la ruedita de afilar, trepó a los sueños andantes donde todos los días de Dios encontraba el sostén decoroso para sus hijos, y se fue exhalando para el recital de los tiempos la melodía trepante de su flautita ilusión.
Por el Dr. Raúl de la Torre
Abogado, escritor, compositor, intérprete
