"Sin leña se apaga el fuego", dice sabiamente el Antiguo Testamento (Proverbios 26, 20). Sin un pendenciero arrogante y mentiroso se apacigua la disputa, porque su inquina y falsas imputaciones, son como leña para el fuego (Prov. 26,21). La vida está llena de escenas de verdadero pugilato. Y no solo en el llano de la vida. Los malos ejemplos bajan de arriba hacia abajo y van generando un clima social enrarecido. Siempre hay alguien que maliciosamente arroja combustible para avivar el fuego de la desavenencia. Nada más separado del corazón que procurar el enfrentamiento y la discordia. Así nos recuerda su origen etimológico (dis, separación; cordis, del corazón).

Soportar sin renunciar

A menudo nos enfrentamos tanto en la vida cotidiana, como en el ámbito laboral, político y social, con verdaderos dilemas morales. Situaciones problemáticas que presentan conflictos de valores. Las soluciones posibles tienen la particularidad de ser contrarias entre sí. Ello nos demanda un mayor discernimiento para elegir la opción éticamente correcta. Evidentemente en la resolución del dilema, se pone en juego nuestro organismo moral y demuestra el lugar que tienen nuestros principios y valores. Dicho así, parece un simple ejercicio mental. Pero no lo es. Todo el recorrido que hace el razonamiento hasta llegar a la resolución, está atravesado por nuestra biografía moral. No es inocuo para nuestra conciencia, tomar decisiones a contrapelo de nuestra propia historia y nuestros propios valores. 

Dicho esto, como introducción, he aquí el dilema que planteo: ¿cómo soportar sin renunciar? Sobre todo, cuando el otro nos miente, agrede o falsea en sus argumentaciones. He leído libros de Ética General y Profesional que responden a distintas miradas filosóficas. Con muchos de ellos he disentido, pero todos me aportaron algo nuevo y valioso. Sin embargo, la clave la encontré en un antiquísimo libro del Antiguo testamento: "No respondas al necio de acuerdo con su necedad. Para que no seas tú también como él" (Proverbios 26,4) Esto me lleva a la siguiente conclusión que he tratado de aplicar en el aula y en la vida: escuchar a todos con respeto y empatía, pero sin renunciar a decir lo que pienso. No como dueña de la verdad sino como simple servidora de ella. En definitiva, filosóficamente hablando, la única dueña de la verdad es la realidad. Realidad que suele ser el frontón donde acaban la mentira y el relato.

Soportar no es tolerar

No siempre es fácil soportar los dardos de la mentira arrojados con malicia e impunidad moral. Tampoco resulta fácil discutir o contraponer opiniones sobre algo, cuando faltan argumentos y abundan los agravios. Los abogados solemos decir al respecto que "los juicios se ganan con razones no con baldones" (insultos o afrentas). Pero vuelvo al planteo inicial: soportar no es tolerar. El verbo "soportar" no está usado aquí como sinónimo de tolerar al otro, casi desde el lado opuesto de la caridad. Soportar aquí es semejante a sostener o llevar en el alma una carga. Sufrimos el daño que otro nos hace no sólo por el dolor que causa, sino porque nos duele ese otro, que sigue siendo mi hermano. Es una forma de romper las cadenas de un yo endiosado que nos impide salir al encuentro del otro. Me duele que no te duela hacer daño. Es otra dimensión de la cruz que solemos pasar por alto. No se trata de un inútil masoquismo moral, sino de una resignificación del dolor. Siempre pensé que sufre más quien daña que aquél a quien daña. Porque para hacer daño debió primero dar la espalda a su conciencia y romper lazos con su corazón. Tarde o temprano, la conciencia vuelve sobre sus pasos y reprocha la malicia del acto. Del reproche ajeno podremos salir indemnes, no así de la recriminación del propio yo.

 

Por Miryan Andujar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo