La contaminación por microbios apareció en este mundo hace millones de años. Las plantas y los animales prehistóricos fueron escenarios inaugurales. Estando ya el hombre y después de ir perfeccionando su sentido social, se convirtió en agente diseminador de numerosas enfermedades gestadas, desarrolladas y propagadas por organismos hacia los demás seres de su contorno vital.
En remotas civilizaciones es posible rastrear la huella devastadora de espectrales flagelos. Rufo de Éfeso, Dionisio y otros escribieron en la Grecia antigua sobre los desastres de la Peste Bubónica en Libia, Egipto y Siria. Procopio (Siglo V ) pintó el pánico provocado por la gran peste de Constantinopla. Durante los años 1348 a 1350 la horrenda peste negra provocó 60 millones de muertos en toda Europa. La histórica retirada del ejército de Napoleón diezmado por el frío y las enfermedades, atestigua lo ocurrido: 30.000 prisioneros quedaron en Vilna, de los cuales 25.000 perecieron como consecuencia del tifus.
También la fiebre amarilla que asoló a Buenos Aires en 1871 mató a 13.000 personas. La aftosa en México (1948 ), el sacrificio de 505.000 cabezas de ganado en Gran Bretaña etc. Sin embargo hemos visto ejemplos de cómo las enfermedades han paralizado las operaciones militares surgiendo la idea de que los gérmenes podrían servir para atacar al enemigo. En las guerras de la antigüedad se arrojaban con catapultas, ropas contaminadas al adversario con el fin de que se contagiasen. En la Guerra del Desierto se arrojaban cadáveres en los pozos de agua que debían beber los enemigos. También durante la 1¦ Guerra Mundial se emplearon gases, lo mismo que en Corea.
Son precisamente estos acontecimientos que me obligan a una reflexión. El poderío atómico alcanzado por distintos países ha establecido un cierto equilibrio que, paradójicamente borró la amenaza nuclear. Una aventura semejante implicaría la mutua destrucción. Sin embargo existe un peligro bélico mayor del que no se tiene muy viva conciencia. Los expertos y autoridades de algunos países colocan su índice acusador sobre las armas químicas. Acaso sorprenda a muchos, pero la guerra bactereológica constituye el gran riesgo para el futuro del mundo.
No obstante, las sustancias empleadas años atrás pertenecen a la Prehistoria si se las compara con las modernas. Un eminente hombre de ciencia británico, Lord Ritchie Calder manifestó su temor en cuanto algún día se pueda crear un microbio o un germen capaz de afectar la raza humana.
El mundo de hoy todavía se conmueve con las imágenes de Hiroshima y Nagasaki porque todavía cree que ellas han sido lo máximo en la destrucción, pero olvida que a pesar de las razones del equilibrio que se ha establecido entre países poseedores de armas atómicas, se cierne sobre nuestro planeta un espectro más terrorífico: la guerra bactereológica o "el microbio del Juicio Final".
(*) Escritor.
