Santa Teresita del Niño Jesús nació en la ciudad francesa de Alençon, el 2 de enero de 1873. Sus padres eran Luis Martin y Acelia María Guerin, ambos venerables, y murió a los 24 años. En 1925 el Papa Pío XI la canonizó, y la proclamaría después patrona universal de las misiones. La llamó "la estrella de mi pontificado”, y definió como "un huracán de gloria” el movimiento universal de afecto y devoción que acompañó a esta joven carmelita, proclamada "Doctora de la Iglesia” por el Papa Juan Pablo II el 19 de octubre de 1997, Día de las misiones.
"Siempre he deseado, -afirmó en su autobiografía "Historia de un Alma" -, ser una santa, pero, por desgracia, siempre he constatado, cuando me he parangonado a los santos, que entre ellos y yo hay la misma diferencia que hay entre una montaña, cuya cima se pierde en el cielo, y el grano de arena pisoteado por los pies de los que pasan.
En vez de desanimarme, me he dicho: el buen Dios no puede inspirar deseos irrealizables, por eso puedo, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad; llegar a ser más grande me es imposible, he de soportarme tal y como soy, con todas mis imperfecciones; sin embargo, quiero buscar el medio de ir al Cielo por un camino bien derecho, muy breve, un pequeño camino completamente nuevo…”
Teresa era la última de cinco hermanas – había tenido dos hermanos más, pero ambos habían fallecido – Tuvo una infancia muy feliz. Sentía gran admiración por sus padres: "No podría explicar lo mucho que amaba a papá, decía Teresa, todo en él me suscitaba admiración”. Cuando sólo tenía 5 años, su madre murió, y se truncó bruscamente su felicidad de la infancia. Desde entonces, pesaría sobre ella una continua sombra de tristeza, a pesar de que la vida familiar siguió transcurriendo con mucho amor.
Fue educada por sus hermanas, especialmente por la segunda; y por su gran padre, quien supo inculcar una ternura materna y una firmeza paterna a la vez. Con él aprendió a amar la naturaleza, a rezar y a amar y socorrer a los pobres.
Cuando tenía nueve años, su hermana, que era para ella "su segunda mamá", entró como carmelita en el monasterio de la ciudad. Nuevamente Teresa sufrió mucho, pero, en su sufrimiento, adquirió la certeza de que ella también estaba llamada al Carmelo. A los 15 años estaba convencida de su vocación: quería ir al Carmelo, pero al ser menor de edad no se lo permitían. Entonces decidió peregrinar a Roma y pedírselo allí al Papa. Le rogó que le diera permiso para entrar en el Carmelo; el le dijo: "Entraréis, si Dios lo quiere. Tenía, dice Teresa, una expresión tan penetrante y convincente que se me grabó en el corazón".
Una situación que marcó su vida fue el pedido que le hizo a Jesús de demostrarle que la escuchaba: Le llegó a sus manos un periódico, en el que se anunciaba la ejecución de un peligroso delincuente, Pranzini, impenitente y ateo a la vez. Teresita le pidió a Dios su conversión, y con asombro y admiración observó el día posterior que Pranzini había besado devotamente en tres oportunidades la Cruz que el capellán le acercó antes de su ejecución.
En el Carmelo vivió dos misterios: la infancia de Jesús y su pasión. Por ello, solicitó llamarse sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Se ofreció a Dios como su instrumento. Trataba de renunciar a imaginar y pretender que la vida cristiana consistiera en una serie de grandes empresas, y de recorrer de buena gana y con buen ánimo "el camino del niño que se duerme sin miedo en los brazos de su padre”.
La atendían en la enfermería del Convento, y en los momentos en que la fiebre hacía que no se diera cuenta de lo que decía para afuera de sus labios, repitió varias veces a quienes la atendían: -‘Están atendiendo a una pequeña santa”.
Esto consta en el proceso de canonización por el testimonio de varias hermanas que la escucharon. Cuando volvía en sí, y retornaba su conciencia, las hermanas le comentaban lo que había dicho, y ella lo negaba humildemente…, o por humildad.
Y en los momentos de enfermedad, cuando tosía, decía que era una pequeña locomotora, con su chuck-chuck-chuck llegando a la Estación de la Eternidad. Prometió que derramaría "una lluvia de rosas” sobre la tierra, significando con ello las gracias que Dios otorgaría mediante su intercesión en el cielo.
A los 23 años Teresita enfermó de tuberculosis y murió un año más tarde en brazos de sus hermanas del Carmelo. En los últimos tiempos, mantuvo correspondencia con dos padres misioneros, uno de ellos enviado a Canadá, y el otro a China, y les acompañó constantemente con sus oraciones. Por eso, Pío XII quiso asociarla en 1927 a san Francisco Javier como patrona de las misiones.
Juan Pablo II la declaró Doctora de la Iglesia, junto a Santa Catalina de Siena y Santa Teresa de Jesús por la manera innovadora de manifestar y vivir la "niñez espiritual” manifestada por Jesús en los Evangelios. Se la celebra hoy, 1º de octubre, y tiene en San Juan su parroquia dedicada en el Barrio Güemes.
(*) Profesor de Teología – UCA.
