Los discípulos contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes". Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: "¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo". Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: "¿Tienen aquí algo para comer?". Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; él lo tomó y lo comió delante de todos (Lc 24,35-48).
Esta bella narración del evangelio de hoy, viene inmediatamente a continuación de la aparición a los discípulos de Emaús, que contaron "lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan". La nueva aparición del Señor a los apóstoles es con su saludo de Resucitado: "Paz a vosotros". La reacción de los discípulos es una mezcla de sentimientos: se nos dice que "estaban llenos de miedo por la sorpresa" y "creían ver un fantasma". Poco después se añade que "no acababan de creer por la alegría"; algo que todos hemos experimentado cuando nos parece que tenemos que frotarnos los ojos para poder aceptar algo que resulta feliz e inesperado. Vivir la Pascua implica recibir el don de la paz que el Resucitado nos transmite, y ser eficaces operadores de ella. Recordemos lo que Jesús señala: "Bienaventurados los que trabajan por la paz". No nos dice aquí, como en el resto de las bienaventuranzas, cómo hay que "ser" (pobres, afligidos, mansos, puros de corazón), sino también qué se debe "hacer". El término griego "eirenopoioi" significa "aquellos que trabajan por la paz", que "hacen paz". No tanto, en el sentido de que se reconcilian con los propios enemigos, cuanto en el sentido de que ayudan a los enemigos a reconciliarse. Se trata de personas que aman mucho la paz, tanto como para no temer comprometer la propia paz personal interviniendo en los conflictos a fin de procurar la unidad entre cuantos están divididos.
"Los que trabajan por la paz" no son sinónimo de pacifistas, si por ello se entiende aquellos que se alinean contra la guerra, con mayor frecuencia ¡con uno de los contendientes de la guerra!, sin hacer nada para reconciliar entre sí a los adversarios. El término más justo es "pacificadores". La paz se promueve mediante victorias, sí, pero victorias sobre nosotros mismos, no sobre los enemigos; no destruyendo al enemigo, sino destruyendo la enemistad, como hizo Jesús en la cruz (cf. Ef 2,16). Paz no indica sólo lo que Dios hace o da, sino también lo que Dios es. Cuando se aparece Resucitado y dice "mi paz os doy", Él nos transmite aquello que es. A nosotros no se nos pide inventar o crear la paz, sino transmitirla. No debemos ni podemos ser fuentes, sino sólo canales de paz. Lo expresa a la perfección la oración atribuida a san Francisco de Asís: "Señor, haz de mí un instrumento de tu paz". En inglés traducen justamente: "Haz de mí un canal de tu paz" ("Make me a channel of your peace").
Jesús les aclara a los discípulos: "No soy un fantasma". Pero también nos interroga: ¿Qué soy para vos? ¿Alguna idea vaga, la proyección de una necesidad, una emoción, un sueño demasiado bello para ser verdadero, o tu Dios vivo y cercano? Para ayudar a nuestra fe, pronuncia los verbos más simples y más familiares: "Mírenme, tóquenme, comamos juntos". Se revela humilde y concreto. Es un Dios que ha decidido hacerse carne y huesos, caricia y sudor; un Dios capaz de llorar por nosotros. El primer gesto del Señor es siempre una ocasión de comunión: "Tóquenme y mírenme". Lo toco cuando Él me toca haciendo arder mi corazón, con una alegría grande y a la vez humilde; cuando toca las heridas de los pobres y de quienes sufren; cuando brinda una palabra de esperanza al desahuciado y se transforma en una caricia que da fuerzas. Y los interroga: "¿Tienen algo para comer?". Comer juntos es signo de fraternidad compartida y de comunión reencontrada. Dios es el amigo que da sabor a mi pan cuando aprendo a repartirlo. La Resurrección no es volver a la vida de antes, sino que es transfiguración de la anterior vida. Cristo no es un fantasma. Es el verdadero Dios, vestido de humanidad nueva con la cual desea revestirnos en Pascua. Tiene brazos para acariciar nuestras heridas y dejarse acariciar desde nuestra pobreza. Tiene brazos capaces de transformar nuestra débil esperanza en un amor más fuerte que venza hasta la misma muerte. Desde Pascua, los cristianos no somos gente que espera ser feliz, sino gente que es feliz de esperar. Felices por el simple hecho de esperar que un día, a nuestro cuerpo de mendigos hambrientos de sentido, el Señor lo transforme en un cuerpo glorioso como el suyo.
