Lord Acton -decía un periodista- sostenía que el poder tiende a corromper. En efecto, el poder absoluto corrompe absolutamente. Esta práctica de la cual ahora tanto se habla es casi tan vieja como el hombre.

Nicolás Maquiavelo, padre de la ciencia política moderna, predijo que la corrupción sería inevitable si se unían el poder económico y los gobernantes y que "esta alianza desintegra a la república…”.

En la antigua Roma, desde Escipión "El Africano” hasta Julio César se vieron implicados en actos corruptos, y Escipión no vaciló en hacer quemar todas las pruebas que implicaban a su hermano Lucio en una formidable estafa.

Lo que sigue bien podría llamarse "El primer peaje”. Por la calle principal de Sepino (Ciudad del Imperio Romano) pasaba regularmente el ganado estatal. Por esto se exigía un pago por el uso de esa calle. Si los ganaderos no pagaban el peaje se les confiscaban las cabras. Las ganancias de la maniobra se las repartían entre los servidores de la justicia y el orden. Este acto de corrupción ignorado por la autoridades de la lejana Roma, fue advertido por Cosmo, funcionario de la Cancillería Imperial y denunciado a los jueces superiores. Estos procedieron inmediatamente: en la puerta de la ciudad se grabó una orden dirigida a los magistrados de Sepino que decía: "Absténganse de molestar a los conductores de rebaños de cabras con gran daño para el fisco, pues de repetirse serán severamente castigados”.

Acaso sea Roma el mejor ejemplo de cómo el poder absoluto podría generar corrupción. La pequeña aldea que fundara Rómulo en el año 753 aC se convirtió tres siglos más tarde en el mayor centro de poder de toda la Tierra. Por entonces su grado de corrupción era tan grande que según Paul Veyne "No había función pública que no fuese un robo organizado mediante el cual los que ejercían el mando, esquilmaban a sus subordinados y todos juntos explotaban a los administrados”. Más aún, el primer acto de corrupción documentado se remonta al antiguo Egipto según lo registra un papiro datado. Maximiliano Robespierre fue junto a Danton y a Marat, el alma de la Revolución Francesa. Cuando asumió el cargo de primer representante por París, Francia estaba minada por la corrupción. Por ello, Robespierre dividió al país en dos partidos: el de los corruptos y el de los virtuosos, y sostuvo que la principal tarea del gobierno sería llevar a Francia "Del mal al bien, y de la corrupción a la probidad”. Por esto ganó el nombre de "El incorruptible”.