Jesús dijo: "Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas. Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí, como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo rebaño y un solo pastor. El Padre me ama porque yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mi mismo" (Jn 10,11-18).

La imagen del pastor viene de lejos. En el Antiguo Oriente los reyes solían designarse a sí mismos como pastores de sus pueblos. En el Antiguo Testamento, Moisés y David, antes de ser llamados a convertirse en jefes y pastores del pueblo de Dios, habían sido pastores de rebaños. En las pruebas del tiempo de exilio, ante el fracaso de los pastores de Israel, es decir, de los líderes políticos y religiosos, el profeta Ezequiel había trazado la imagen de Dios mismo como Pastor de su pueblo. Dios dice a través del profeta: "Como un pastor vela por su rebaño, así velaré yo por mis ovejas. Las reuniré de todos los lugares donde se habían dispersado en día de nubes y brumas" (Ez 34,12). Ahora Jesús anuncia que ese momento ha llegado: él mismo es el buen Pastor en quien Dios mismo vela por su criatura, el hombre, reuniendo a la humanidad, y conduciéndolos a los verdaderos pastos. El evangelio de hoy es solamente una parte del gran discurso de Jesús sobre los pastores. Aquí se revela como "el pastor bello" (en griego: "o poimén o kalós"). El adjetivo griego "kalós" significa en primer lugar "bello". Decir de un ser que es bello no es sólo reconocerle una inteligibilidad que lo hace amable, es decir, digno de ser amado; significa también que nos atrae y nos rescata mediante una irradiación que despierta el asombro. Si el bien expresa lo deseable, lo bello expresa aún más el esplendor y la luz de una perfección que se manifiesta.

El texto bíblico del IV domingo de Pascua nos señala tres cualidades del verdadero pastor: da su vida por las ovejas; las conoce y ellas lo conocen a él; y está al servicio de la unidad. Antes de reflexionar sobre estas tres características, quizá sea útil recordar brevemente la parte precedente del discurso sobre los pastores, en la que Jesús, antes de designarse como Pastor, nos sorprende diciendo: "Yo soy la puerta" (Jn 10,7). En el servicio de pastor hay que entrar a través de él. Jesús pone de relieve con gran claridad esta condición de fondo afirmando: "El que sube por otro lado, ese es un ladrón y un saltador" (Jn 10,1). Esta palabra "sube" (en griego: "anabainei") evoca la imagen de alguien que trepa el recinto para llegar, saltando, a donde legítimamente no podría llegar. "Subir": se puede ver aquí la imagen del arribismo, del intento de llegar "muy alto", de conseguir un puesto mediante la Iglesia: servirse y no servir. Es la imagen del hombre que, a través del sacerdocio, quiere llegar a ser importante, convertirse en un personaje; la imagen del que busca su propia exaltación y no el servicio humilde de Jesucristo. Pero el único camino para subir legítimamente hacia el ministerio de pastor es la cruz. Es lo que Jesús hizo el viernes santo: subió a la cruz. Esta es la verdadera subida y la verdadera puerta.

El verdadero pastor "da su vida por las ovejas". El misterio de la cruz está en el centro del servicio de Jesús como pastor. La vida no se da sólo en el momento de la muerte, y no solamente en el modo de martirio. Debemos darla día a día. Dar la vida, no tomarla. Así experimentamos la libertad. Es que sólo quien da su vida la encuentra. En segundo lugar el Señor nos dice: "Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre" (Jn 10,14-15). El "conocer" en sentido bíblico significa que no existe un verdadero conocimiento sin amor y sin una profunda aceptación del otro. Se trata de un conocimiento que crea comunidad. El pastor no puede contentarse con saber los nombres y las fechas. Su conocimiento debe ser siempre también un conocimiento de las ovejas con el corazón. Por último, el Señor nos habla del servicio a la unidad: "Tengo además otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer" (Jn 10,16). La Iglesia no puede retirarse cómodamente dentro de los límites de su propio ambiente. Tiene por cometido la solicitud universal; debe preocuparse por todos y de todos. Como dice el Señor, también debemos salir siempre de nuevo "a los caminos y cercados" (Lc 14,23) para llevar la invitación de Dios a su banquete, también a los hombres que hasta ahora no han oído hablar para nada de él o no han sido tocados interiormente por él.