Hace un año, el mundo y la Iglesia quedaban atónitos ante el anuncio de Benedicto XVI ante un grupo de cardenales haciendo pública su decisión de renunciar al máximo cargo aludiendo que por la edad avanzada, ya no tenía fuerzas para ejercer adecuadamente su misión. Según él mismo reconocía, el vigor del cuerpo y del espíritu había disminuido en él de tal forma que reconocía su incapacidad para ejercer la tarea que le fuera encomendada.

Fue un acto honesto, valiente y al mismo tiempo de gran fortaleza. Este teólogo profundo, manso y humilde careció de la capacidad de gobierno suficiente para rodearse de personas con aptitud y capacidad de colaboración en una tarea nada fácil. Su Secretario de Estado demostró una ineptitud tal, que dejó al pontífice en varios casos ante campos minados, con el peligro y las graves consecuencias por las que la Iglesia luego quedó desacreditada. El caso "’Vatileaks” es sólo una señal de los errores, que por la arrogancia de esos falsos colaboradores, se llegaron a cometer. La Curia romana fue desprestigiada por traiciones, luchas de poder y grupos de presión en la última etapa del papado de Ratzinger. A este hombre hubo de suceder Jorge Bergoglio, quien ha demostrado un gran afecto y respeto a ese anciano que optó por desaparecer de escena. Se necesitaba un pontífice con mente clara, propia de un jesuita, sabiendo llegar hoy a la gente, y comprometido con los pobres. En más de una ocasión ha señalado que quiere curas, no funcionarios, y obispos que asuman la pobreza y la austeridad.

Es mucho lo que falta en este sentido, pero el Papa Francisco está demostrando con los últimos nombramientos episcopales, y de modo particular en Argentina, que la sencillez, la cercanía a los fieles y la capacidad para generar la cultura del encuentro, deben ser condiciones esenciales sin las cuales no se puede ser pastor en la Iglesia. Lo ha demostrado también, con las medidas adoptadas luego de las serias denuncias de autoritarismo, prepotencia, falta de cercanía al clero y desorden económico por parte del arzobispo de Rosario.

La apertura de Francisco está demostrando que es necesario escuchar lo que el mundo también tiene derecho a pedir: una Iglesia más abierta, que sepa contagiar la alegría y no un grupo cerrado que con el peso de la hipocresía tantas veces denunciada por Bergoglio, asfixie el espíritu de creatividad necesario para vivir.