En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "’No piensen que he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento. Han oído que se dijo a los antepasados: "’No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal”. Pero yo les digo: Todo aquel que se irrite contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "’imbécil”, será reo ante el Sanedrín. Si al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino. Han oído que se dijo: "’No cometerás adulterio”. Pues yo les digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Han oído también que se dijo a los antepasados: "’No perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos”. Yo les digo que no juren en modo alguno. Sea vuestro lenguaje: "’Sí, sí”; "’no, no”. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno” (Mt 5,17-37).
Para el evangelista Mateo, el mensaje moral de Jesús está en continuidad con el Antiguo Testamento. En la nueva ley que el Maestro instituye, no introduce cambios sustanciales. Tampoco realiza correcciones en base a una lógica extraña. Expresa la sabiduría de Dios, tan distante de la necedad de los hombres que destruyen todo lo que se hizo antes o lo que ejecutaron los que precedieron en cualquier actividad. Recupera la intención de fondo y la lleva a cumplimiento. Va al corazón del hombre para poner allí dentro, el corazón de la norma: la caridad que hace que lo viejo sea siempre nuevo. El lema de Jesús es el de continuidad en la novedad. Una novedad que exige "’conversión”, ya que es crítica respecto a ciertas interpretaciones estériles y vacías. La novedad se encuentra en la palabra "’cumplir”, que no significa simplemente conservar ni seguir, sino "’ayudar a madurar”. Mateo no considera a Jesús como el nuevo Moisés, cuya aparición habría signado el fin de la ley del Antiguo Testamento. Jesús va más allá del aspecto formal de la Ley, y descubre la intención original de Dios. Busca recuperar la esencia de la voluntad de Dios, y esta es ya una razón para llamar "’superior” a la justicia del discípulo. Jesús elabora la moral con un método nuevo: el de la caridad. El evangelio, que es la nueva ley, no es un manual de instrucciones, con todas las reglas para el uso. Es maestro de humanidad, que no nos permite dejar de pensar con nuestra inteligencia, pero la primacía la tiene la interioridad.
Jesús señala dos aspectos claves de la Nueva Ley: la importancia del corazón y el valor de la persona. Ante todo, la línea del corazón: "’Ustedes han oído que se dijo: No matarás. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal”. Quien guarda rencor, resentimiento u odio contra otro, ya es un homicida. Es lo que decía el apóstol Juan: "’Quien no ama a su hermano es un homicida” (1 Jn 3,15). Quien odia al prójimo le quita la vida y pierde vida él mismo en un lento pero progresivo morir. Muchos ponen el grito en el cielo cuando en algún país se aprueba la ley de la eutanasia, y tienen razón, porque es legalizar el matar. Pero no se alarman del mismo modo cuando en sus corazones marchitos por el desprecio o la indiferencia, tienen un listado extenso de personas a las que no aman. Eso también es homicidio, además de hipocresía. Aquí entra pues, la primacía de la misericordia que se traduce en el perdón. Éste es el que sigue dando crédito a la bondad del hombre. El perdón es la amnistía del corazón y la medicina de Dios. Una bella historia oriental dice que cuando Dios creó el mundo, éste no se quedaba en pie, y continuamente se caía. Entonces creó el perdón y ahí se estabilizó todo lo creado. Es necesario el perdón para vivir de pie.
En segundo lugar, la línea de la persona: "’El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”. No dice: "’si tú, hombre, deseas una mujer; o si tú mujer, deseas a un hombre”. No es el deseo lo que lleva a la condena, sino, como dice el texto original: "’si miras para desearla”. Es decir, cuando empleas gestos y palabras "’para” seducir y poseer al otro como un objeto, allí estás adulterando el valor genuino del amor. Por eso viene cualificado como adulterio. Se está alterando y falsificando a la persona en sí. Tenía razón Santo Tomás de Aquino cuando decía que "’el amor es nombre de persona”. A las cosas se las usa, pero sólo a las personas se las ama.
