En aquel tiempo, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado.Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándo les a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28,16-20).El término "fuerza" pasa a ser un hilo conductor clave en las tres lecturas de esta solemnidad de la Ascensión. En la primera lectura se lee: "Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Hech 1,8); "Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza" (Ef 1, 18-19); "Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra" ( Mt 28,18). Fuerza para vivir, energía para ir, poder para engendrar nueva vida. Los discípulos, que han vivido en medio de la duda las horas sucesivas a la pasión y muerte de su Maestro, son ahora rehabilitados y revestidos con el poder de lo alto para cumplir un mandato de testimonio, el cual asume una dimensión universal. Jerusalén, que era el centro del culto, el lugar al que había que llegar para encontrar la presencia de Dios y el punto de llegada de la peregrinación de Jesús, se convierte en esta fase decisiva de la salvación universal, el punto de partida para una misión. La Ciudad Santa tiene una función fundamental, porque es el lugar en el que los discípulos deben permanecer hasta que reciban el don del Espíritu Santo, que les dará la fuerza nueva que viene de lo alto. La última acción de Jesús, descripta por el evangelista Lucas, pone de relieve su rol de guía. Él conduce a sus discípulos hasta Betania y, bendiciéndolos, se aleja de ellos. La ascensión de Jesús no significa el abandono de la comunidad. En efecto, si él hubiera abandonado a los suyos, dejándolos solos, no se lograría entender la inmensa alegría con la que vuelven a Jerusalén. En realidad, el gozo sigue al reconocimiento de la divinidad de Jesús. Por eso es que se postran, y de este modo Lucas cierra su evangelio con los temas de la alegría y del culto, que anticipan las características de la vida de la comunidad cristiana descripta en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

La última imagen que queda grabada en las pupilas de los discípulos, es la de Jesús con las manos levantadas y bendiciendo. Esta bendición es su palabra definitiva; llega hasta nosotros y no finaliza nunca. Una "in-finita" bendición que permanece entre el cielo y la tierra. La misma es trazada sobre nuestros pecados e imperfecciones, asegurando que la vida que se transmite por medio de ella, es más fuerte que nuestras falencias y heridas.

El Señor, al partir ha dejado una bendición y no un juicio; no una condena o un lamento, sino una bella palabra sobre el mundo. La acción de Jesús no es la de un desmemoriado que olvida el mal, sino la de un Creador que abre futuro. La ida de Jesús no es una despedida para provocar nostalgias románticas ni tristes sentimentalismos. Era un adiós para un nuevo encuentro con quien prometió estar de otro modo entre ellos "hasta el fin del mundo". Por eso "se volvieron a Jerusalén con gran alegría", con una actitud tan distinta a días atrás cuando se encerraron con las puertas trabadas por miedo a los judíos. Como el Padre envió a Jesús, ahora Él envía a los suyos. A partir de este momento tendrán que contar a todos lo que han visto y oído, lo que palparon sus manos, su convivencia con el Hijo de Dios.

Desde la Ascensión, los cristianos estamos llamados a ser activos misioneros y no pasivos observadores del "hoy". Se necesitan auténticos testigos de Jesucristo, especialmente en aquellos ambientes humanos donde el silencio de la fe es más amplio y profundo: entre los políticos, intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, que profesan y promueven una propuesta monocultural, desdeñando la dimensión religiosa y contemplativa de la vida.