El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos (Jn 20,1-9).

María Magdalena sale de su casa cuando aún es de noche: oscuridad en el cielo y en el corazón. No tiene nada entre las manos: sólo su amor que se rebela a la muerte de Jesús. Decía el filósofo francés Gabriel Marcel: "Amar es decir: tú no morirás jamás".

Su amor la lleva a entonar el nuevo canto del Cantar de los Cantares: "Me levantaré y saldré por las calles a preguntar: '¿Han visto al amor del alma mía?'" (Ct 3,1-3). En la noche de Pascua la Magdalena corre con lágrimas en sus ojos. Aquel hombre amado, que sabía de cielo, y que había abierto para ella horizontes infinitos, ahora se encuentra atrapado en una tumba. Todo parece haber terminado. Decía el místico medieval alemán Meister Eckhart: "¿Por qué entonces se dirige a la tumba, siendo mujer, mientras que los hombres se han escondido por miedo? Porque ella le pertenecía y su corazón era junto a su amado.

Donde estaba él, estaba el corazón de ella. Por eso no tenía miedo". Vio que la piedra del dolor había sido removida por el resplandor de la resurrección. María Magdalena corre a anunciar esta novedad a Pedro y a Juan, y los tres vienen a ver la tumba vacía. Falta un cuerpo en la contabilidad de la muerte. Falta un asesinado en los registros de la violencia. El balance de los tres se encuentra en pérdida. "No está aquí", es el anuncio del ángel. Una bella expresión: "No está aquí". Él está, pero no se encuentra aquí. Es el Viviente. Un Dios que te sorprende en los caminos de la vida. Está en todas partes, excepto entre los muertos y las estructuras de muerte.

Es el Crucificado Resucitado que siembra vida y seca lágrimas. Un día un fotógrafo se acercó a la Madre Teresa de Calcuta para fotografiarle los ojos. Antes de hacerlo, le dijo: "Madre, ¿me permite una impertinencia? Usted tiene la cara profundamente marcada por el tiempo, ¡pero tiene los ojos más felices que yo haya visto! ¿Cómo es posible?". La Madre Teresa sonrió y respondió: "Mis ojos están felices porque mis manos enjugan muchas lágrimas".

En su discurso de despedida, Jesús anunció a los discípulos su inminente muerte y resurrección con una frase misteriosa: "Me voy y vuelvo a vuestro lado" (Jn 14, 28). Morir es partir. Aunque el cuerpo del difunto aún permanece, él personalmente se marchó hacia lo desconocido y nosotros no podemos seguirlo (cf. Jn 13, 36). Pero en el caso de Jesús existe una novedad única que cambia el mundo. En nuestra muerte el partir es algo definitivo; no hay retorno. Jesús, en cambio, dice de su muerte: "Me voy y vuelvo a vuestro lado".

A Jesús la muerte lo encontró vivo. El Resucitado no sólo es Camino y Verdad. Es también Vida plena. Por eso no se lo puede encontrar en una tumba. A partir de la Pascua, el Viviente camina por los senderos de los hombres.

Una vez el mejor profesor de toda la escuela llevó a sus alumnos al cementerio, para que leyesen las lápidas colocadas sobre las distintas tumbas. Los muchachos, muy interesados, se esparcieron por todo el cementerio para leerlas. Terminada la visita, el profesor les preguntó: "¿Cuál es la lápida que más les ha impresionado?". Todos respondieron, unos eligiendo la lápida: "Ha trabajado. Ha amado. Ha sufrido"; otros la lápida: "No se pierden nunca aquellos que se aman"; otros la lápida: "Lo creímos muerto, pero solamente ha seguido adelante".

Después de las respuestas de los muchachos, también el profesor quiso decir a los muchachos la lápida que más le había impresionado a él: "Mi lápida preferida es la que dice: 'Morí estando vivo''. Los chicos respondieron, sorprendidos: "¡Pero es natural que para morir haya que estar vivo!". "Oh, no" rebatió el profesor, "muchos van tirando solamente. Cuando llega la muerte hace años que están ya muertos ¡y no lo saben!". A partir de Pascua la vida no es para "tirarla", es para asumirla viviendo.