Caminaba por las calles de la ciudad. A mí alrededor miraba a una mujer pensativa, contenta, pero indiferente casi con temor a que le robaran, mientras anunciaba haber logrado un crédito para una vivienda aliviadora. No obstante, en menos de tres cuadras céntricas de la ciudad los cortes de avenidas eran por doquier y atrasaban el tránsito, casi como una costumbre paisajística, o de cuadro recurrente de muchos lugares actuales. La ciudad era un caos. Los conductores intranquilos no dejaban de gritar y tocar bocinas. Los manifestantes como dueños de las calles golpeaban los bombos, con pancartas y panfletos, en un avanzar unísono envueltos de carteles vociferantes. Justo en una esquina un adolescente lavacoches insultaba a la comitiva, porque no podía culminar su labor. Ya me sentía acalorado, y empezaba a transpirar. La policía merodeaba sigilosamente el lugar con sirenas, cascos, escudos y luces azules. Una tensa calma se apoderó de la situación. Es que ponía la piel de gallina ver el despliegue de uniformados con Itakas y gases lacrimógenos para dispersar, bajo una orden expresa de un celular: "tiren, pero no maten”. Mientras la tensión crecía, la gran masa de gente pasaba casi como desapercibida, reclamando por convenios y soluciones a conflictos laborales.
Precisamente, esta descripción intenta reflejar algunos esbozos del drama cotidiano, junto a la dura y cruel incertidumbre del hombre contemporáneo. Un hombre asustado, bajo el imperio de la duda y la culpa. Atado de pies y manos, con el nudo de la corbata hasta el cuello. Al respecto, el gran escritor Shakespeare, nos dejó en sus obras una cierta forma tragicómica de reflejar la realidad, bajo una particular crueldad e ironía. Con fina pluma supo reflejar lo mejor y sobre todo lo peor de la humanidad. Un tiempo con sentido el de su época, pero con actitudes hipócritas tejidas de corrupción, asesinatos y males. Al respecto, nuestras tragedias actuales, ciertamente no son como la de entonces, o las de la gran épica griega. Al contrario, los hechos de la cotidianidad atestiguan su inmanencia, cuando las tragedias reales llegan para instalarse de disputa en disputa, de mal en mal, y con indiferencia insensible. El inmanentismo moderno lleva indefectiblemente a la misma hipocresía de antes, si se pretende relativizar problemas o negar el creciente ocaso. Refleja, casi disimuladamente un similar actuar, bajo personalidades trágicas y cómicas de la realidad.
Estas personalidades, no son solo aquellos que impostan su voz, como la de los actores de teatro. En ese sentido a Shakespeare le gustaba hacer notar que el escenario o realidad, es como una partícula del mundo, y el mundo una célula del escenario. Precisamente, es en este escenario de la vida, donde todos los actores o ciudadanos, cumplen un rol. Y, es en este contexto, cuando nos debemos hacer cargo de las opciones realizadas. Cada uno bajo el rol que le toca, y con mayor responsabilidad cuando más alto es el rango. En ese sentido, podemos decir que las protestas diarias, reflejan las tragedias del hombre contemporáneo. Y, desnudan la sordera para oírlas, con la creciente incapacidad o ausencia para evitarlas. Algunos resisten, otros son transeúntes. Los "transeúntes” siguen su rumbo. En cambio, los que "resisten”, en ocasiones ven que el acuerdo fue violado, y por ello buscan hacerse oír, ante la intriga de una indiferencia de silencio.
El Estado, es el que tiene el deber indelegable para buscar soluciones. Con ello no se pretende insinuar un desinterés, porque pueden ser muchas las variables para una actitud. Pero, aquí se torna importante recuperar los principios contractualistas, por así decirlo, en la vida presente. Muchos pensadores enseñaron la importancia de un contrato. En ese sentido, el pacto eficaz para dar soluciones resulta una salida ante el silencio.
El problema, es que muchas veces este pacto no se cumple, y muchas personas se ven vulneradas en sus derechos. Toda la política, Estado, sociedad, ideologías y leyes se basan en un contrato legal inviolable, como una garantía de escucha, convivencia y respetabilidad. Lo tragicómico shakesperiano actual consiste en dos cosas: la primera con lo trágico, cuando el acuerdo a veces es violado con aire de incertidumbre. La segunda, con la cómica (o la de aquel que se ríe para no llorar), cuando ya se ha vuelto tradicional el "piquete”, con autoridades que con la misma respuesta de siempre delegan responsabilidades, porque solo lo ven como un delito. Al respecto, deberíamos buscar nuevas formas de protestas. O, mejor aún, saber adelantarnos a los problemas con programas eficientes. Y, sino se sabe como, por lo menos intentar una escucha sensible. Si bien el conflicto es algo característico de la realidad humana, y que nos excede, sirve el instrumento de utilizar la sensibilidad cortés para no quedar con ojos espectadores lleno de intrigas. En palabras de Schopenhauer, "la cortesía es a la naturaleza humana lo que el calor es a la cera”.
