La votación del domingo pasado dejó algunas conclusiones interesantes:

- Quedó ratificada la conducción del PJ en manos de Uñac. Su frente también había triunfado claramente en las legislativas nacionales de 2017, pero en aquel año todavía persistía la sombra del exgobernador José Luis Gioja. Dicho de otra forma, podía dudarse de a quién correspondía cada costilla. Según versiones, Gioja estuvo cerca de plantear una interna contra Rubén Uñac para senador, lo habría convencido de lo contrario el vicegobernador Marcelo Lima. Con tres elecciones consecutivas ganadas, el liderazgo interno de Uñac es indiscutible, más aún triunfando con una diferencia de 20 puntos y casi sin hacer campaña, al menos del modo tradicional. El peronismo sigue siendo una fuerza muy práctica y amante del poder, por lo que sus seguidores respetan hasta la obediencia al que los lleva a la victoria. Además, Uñac tiene futuro, es muy joven y representa mejor a una sociedad que hace un culto de lo nuevo y apenas si tolera lo viejo. Los millenials, los que han nacido en este siglo, ya han tenido ocasión de votar por primera vez y apenas si tenían 3, 7 y 11 años en los sucesivos triunfos de Gioja. En cierta ocasión, apenas ungido Uñac en 2015, este periodista se encontró con un grupo de peronchos de la vieja guardia y, medio en broma, medio en serio, les recordó: "Cuando un coronel es ascendido a general, los más antiguos deben pasar a retiro, eso es lo que les espera a Uds.". Me miraron entre sorprendidos e incrédulos, porque alguno de ellos aún tenía aspiraciones. El tiempo me dio la razón. Ahora el que ostenta el anillo para besar es Sergio Uñac. Pinta para conservarlo varios años.

Uñac representa a una sociedad que hace un culto de lo nuevo y apenas si tolera lo viejo.

- Otro tanto se ha definido a favor del intendente de Santa Lucía Marcelo Orrego, quien finalmente se hizo del mando de Producción y Trabajo, la fuerza fundada por el senador Roberto Basualdo. Primero fue un desprendimiento del PJ y en estos cuatro años adherente de Cambiemos. Orrego tenía el comando, ahora tiene también el mando, el respeto de la "tropa". Con el título de Presidente del partido ponía la firma sobre ese sello en las actuaciones oficiales, pero esa jineta le había sido colgada por Basualdo. El joven dirigente ha demostrado carácter para conducir sin consultas una contienda en la que obtuvo mejor resultado que su mentor, si bien sigue lejos de ser una amenaza real para Uñac. Hasta ahora, el cargo formal, que también ejerció la diputada Susana Laciar, no significaba mucho más que el sello, porque si alguien quería arreglar algo tenía que hablar con el real sostenedor de las riendas, el senador. Basualdo ha venido declarando su voluntad de dejar la política a partir del vencimiento de su mandato en 2021. Ahora ya tiene sucesor. Orrego se atrevió a prescindir de todos sus socios, desde los pequeños como Dignidad Ciudadana o la Cruzada Renovadora hasta el mismo PRO y arriesgó negar su identificación como parte inseparable de Cambiemos, rótulo ausente en toda la campaña. El resultado le habilita a leer que ganó los votos con su figura y su propia gente, solo, como aparecía en los afiches. Su rostro de satisfacción pese a perder por 20 puntos es más elocuente que cualquier cifra. Deja a su hermano en la Intendencia de Santa Lucía y, saliendo segundo, atesora un caudal de 35%, que a muchos antecesores les alcanzó para ganar. Consolidó e incrementó el porcentaje que históricamente acompañó a Basualdo con lo que su liderazgo se hace indiscutible.

- Algunas perlas quedan como conclusiones. El resultado muestra el error que cometieron las fuerzas pequeñas que habían venido acompañando a Cambiemos. De abandonar ese paraguas que protegía de la tormenta debieron buscar otro refugio o alejarse antes, para instalar la idea de una tercera alternativa. Entre Uñac y Orrego se llevaron el 90%, algo previsible hasta para los olfatos menos expertos, una polarización estable desde hace 16 años. El voto testimonial, aquel que se emite sin importar el resultado, dejó a todos por debajo lejos del 5%. Su capacidad de negociación futura se reduce ahora a actos de caridad de los grandes. ¿Con qué cartas en la mano podrían sentarse ahora en una mesa de truco? Distinto el caso del bloquismo que, aun con la decadencia definitiva de su presidente Graciela Caselles, seguirá junto al PJ con la nueva conducción de Luis Rueda (real y posiblemente también formal), evitando una exposición innecesaria al descampado en el rigor de los fríos. Algunos partidos que parecían ir creciendo o sentando bases sólidas para el futuro, ahora quedan sin voces ni espacios para mostrarse, sin diputados ni concejales. La tercera "fuerza", ADN de Martín Turcumán, con apenas un 3%, se debatirá en la duda de si mantener la independencia o sumarse a otros. Puede que su origen PRO y su reciente unión con el socialismo, haya contribuido a alguna confusión. Es elogiable la insistencia de la izquierda, cada vez más cerca del 1%. Es bueno que la democracia tenga suficiente diversidad. Los hechos vienen imponiendo por sí solos una lógica que algunos dirigentes no reconocen: una población de 550 mil electores no admite más de 30 partidos inscriptos. En las últimas 9 elecciones, dos locomotoras arrollaron a los demás. La renovación de liderazgos que exhibe el título de esta nota, Uñac y Orrego, ambos de menos de 50 años, certifica que esta situación puede mantenerse mucho tiempo más.