Al principio, parecía una escena surrealista. No me refiero al sentido literario y artístico del término, sino a lo absurdo y extemporáneo del hecho. Una señora de 83 años, con reposera y canasta en mano, en plena pandemia, cruzaba la Avenida del Libertador, (ciudad de Buenos Ares), rumbo al parque. Su objetivo era tomar aire y sol un rato. Luego nos enteramos que la señora en cuestión sufre cáncer de pulmón y EPOC. Para muchos lo más bizarro de la escena, fue la presencia y el esfuerzo de los cuatro policías tratando de disuadirla. Cometido que felizmente lograron sin mediar imputación judicial. La mujer en cuestión, retornó a su departamento.
Cuando pude abstraerme del sensacionalismo del hecho, el análisis fue otro. Entonces, no me pareció tan absurda, irracional o fuera de toda lógica la conducta de aquella señora. Tampoco me pareció insólito ni bizarro, el accionar de las fuerzas de seguridad. Había cierta lógica en la escena. El hecho puso en evidencia dos cosas que no debemos pasar por alto. Por un lado, la otra víctima de la pandemia, nuestras libertades individuales. Y por el otro, el necesario equilibrio de los gobiernos para evitar atropellos a derechos personales y exceso de celo en las órdenes de regulación del distanciamiento social.
"En el fondo, aquella señora de la audaz transgresión, estaría representando el cansancio, el grado de enojo y el temor a lo incierto que muchos experimentamos en estos difíciles días”.
Es cierto que el derecho a la vida y el derecho a la salud están reconocidos por tratados intencionales vigentes en la Argentina. Es cierto también que el estado es garante del bien común de los ciudadanos y que ambos derechos forman parte de aquél. Ahora bien, para que estas medidas de aislamiento sean eficaces, deben lograr la mayor confianza posible del público. De allí que las políticas orientadas a la persuasión y al consenso social, en tiempos de pandemia, son altamente positivas.
Lentamente, estamos saliendo por decisión propia y con mucho de imprudencia, del aislamiento social que se nos ha pedido. ¿Será qué de repente todos nos hemos convertido en transgresores seriales? No. Simplemente, nos está faltando el oxígeno que proporciona el ejercicio de nuestras libertades. La escena de la señora tomando aire y sol en el parque, contra toda norma vigente, es una metáfora de lo que somos. Nuestra naturaleza humana es esencialmente, racional y libre. No somos seres para el cautiverio. Este dato antropológico no debería obviarse en el proceso de toma de decisiones. Toda medida restrictiva de libertades individuales debe estar fundada racionalmente, basada en un interés superior, comunicarse adecuadamente y expresar el mayor acuerdo social posible.
Sería un grave error abandonar la vía de la persuasión y el consenso social, como también lo sería, judicializar toda transgresión. Ello profundizaría grietas y causaría un conflicto social innecesario. Vivimos en una sociedad democrática, con autoridades legítimas que gozan de buen nivel de aprobación, sobre todo en la gestión de riesgos en esta pandemia. Pero el voto no es un cheque en blanco que firmamos cada cuatro años. Cualquier medida que se tome debe ser fruto del diálogo y la búsqueda de consensos que se traduzcan en acuerdos. Por eso, la disuasión y el consenso social, son las mejores herramientas para evitar que estas medidas restrictivas de libertades individuales, se perciban como "un estado de vigilancia". A todos nos parece estar viviendo una película de ciencia ficción cuando no, una pesadilla. Pero esta pandemia causada por el Covid-19, no debería pasar a la historia como: "El día en que todos estuvimos vigilados", sino más bien: "El día en que todos fuimos vulnerables".
Por Miryan Andújar
Abogada, docente e investigadora
Instituto de Bioética de la UCCuyo
