Cuando se crea la Dirección Nacional de Vialidad por ley 11.658, el 29 de septiembre de 1932, sustituyendo a la Dirección Nacional de Puentes y Caminos que existía de 7 años atrás, una de sus primeras disposiciones fue incluir el viejo camino a Mendoza como parte de la longilínea ruta 40, virtualmente una de las más extensas del mundo. El potencial está en la dificultad de transitarla en su totalidad, ya que por entonces y como hoy sucede, el intento representa una densa aventura de fuerte riesgo. De Monte Dinero en Santa Cruz hasta La Quiaca en Jujuy, el mapa apunta 4.780 km.

Sólo 4 años pasaron desde la fundación de la ciudad de San Juan cuando este único Camino Real de las Carretas -que fue calle de Santo Domingo, por el convento, en la zona capitalina-, se hizo ya paso obligado para el transporte, el viajero, la mensajería y el necesario traslado de los pocos habitantes dispersos por la desértica geografía, y eje principal de cuanta travesía o sendero posterior impuso el tiempo. La antigua huella polvorienta unía regiones y localidades del cuyum aindiado, a fuerza de chasques, carreros, postineros, andantes, caravanas, facinerosos, buhoneros, demarcando unos y otros el peligroso camino hecho a uña y galope del noble caballo, el ganado, y los rudos medios de transporte de carga y comunicación en un derrotero hostil, virginal y extremo.

El Pocito de entonces comenzaba en la Calle del Agua, hoy República del Líbano, y se extendía hasta el Sur infinito, delimitación que recién le fue asignada en 1869 por una línea imprecisa, fronteriza con la provincia sureña sobre el kilómetro 90 actual. El trazado inicial era el mismo que hoy ofrece la calle Mendoza vieja, pero al llegar a calle 15 continuaba recta para unirse con la 21 de Febrero al lado del actual cementerio, huyendo de los breñales, los inconstantes terrenos anegadizos y la imposibilidad de rodar por el suelo salitroso carpinteriano. Al llegar a la actual calle santa Clara buscaba la Posta del Desempeño por el bajo firme, en una línea casi recta de una legua, para luego girar 90º y alcanzar Cañada Honda, que era paso obligado al inquietante Sur, hasta las modificaciones provocadas por la construcción del ferrocarril en 1885, que tiende a su paralelización y resguardo contra lo imprevisible sólo por contigüidad. Este bravo trazado primitivo, antes del encauzamiento de las aguas aluvionales, se bifurcaba en la actual calle 17 y Mendoza vieja, y un ramal inferior oblicuo buscaba la prolongación del Carril Nacional (hoy Alfonso XIII) uniéndose allí ambas rumbo a Cochagual, en donde una pésima traza hacia el oeste reencontraba el rumbo a Mendoza.

El antiguo sendero es enderezado en 1934 sobre una base pedregosa o terrosienta, cambiante de un tramo a otro en cuanto era afectado de continuo por la meteorología, sin previsiones defensivas contra la creciente aluvional, el arenal traicionero y las impetuosas lluvias. Por entonces los trabajos privados para la explotación de las tierras con pasturas, crianzas de animales entre cuarteles de trigo, arroz, y feudos de extracción de maderas naturales, determinaron un progresivo acomodamiento que posibilitó su tránsito, aún dificultoso por uno u otro sitio, en tanto las variantes climáticas y los perturbadores fenómenos ocasionales del suelo inestable, permitieran el paso. Los primeros puentes fijos fueron construidos de modo precario sobre 1920, y los vadeos decididos por las correntadas no siempre eran superables con prontitud y buenas consecuencias para animales, cargas y viajeros.

Hay constancias de un ayer cercano, cuando las caravanas llegaron a juntar más de 40 carros cargados con vinos, pasas, cueros, aguardiente, unidos para protegerse y aunar esfuerzos, en tanto sortear las múltiples dificultades de la larga travesía que tenía a Buenos Aires como punto final. Es inimaginable pensar que la mujer fue parte integrante de las mismas, y como asistente o viajera ocasional, resultó ser la apegada compañera insustituible para hacer huellas históricas y comportar un fuerte acercamiento y provecho familiar genérico común, parejo en las buenas y en las malas.

Saliendo de la capital y hasta la calle Once, en los comienzos del siglo XIX, el precavido encauzamiento del agua y el tránsito de rodados determinaron condiciones útiles del suelo, junto al arbolado silvícola de chañares, tuscas y algarrobos, al que se agregan los sauces, higueras y alamedas para sombrear y fijar la tierra. Todo para que la primitiva senda de cabalgaduras y carruajes se transforme en unas décadas en un camino complicado pero transitable, denominado Real por imperativo de la época, y luego en un lugar de paseo y recreamiento con ranchos y casas quintas aledañas ya en las postrimerías del siglo, con una que otra casona. A poco, los afincamientos darán a la zona un carácter casi elitista por su agradable entorno, el fresco ambiente y el aspecto bucólico inducido por el progresivo verdor entre acequias y pastizales, trincheras y huertas.