La violencia ocurre en los patios, en las aulas, en las veredas de las escuelas y en muchos otros sitios donde concurren niños y jóvenes. Sin embargo, ahora ha tomado una trascendencia mayor en virtud de la manera en que esos episodios parecen perpetuarse a medida de que son reproducidos por la tecnología. El e-mail, el mensaje de texto, el messenger, las páginas web difamatorias, los blogs y los videos online son algunas de esas vías de reproducción.
En este último tiempo se conocieron varios casos en la Argentina de un fenómeno que en los Estados Unidos se llama
Con frecuencia, el burlador que acosa y acorrala se rodea de un grupo de seguidores que eligen "de punto" a alguien, objeto de agresiones verbales y de bromas chocantes que pueden concluir en violencia física. Esta forma de comportamiento ha tomado mayor auge en la actualidad y es causa de desenlaces graves, como el estrés postraumático, el homicidio o el suicidio de la víctima, como fue el reciente caso de un chico de 12 años en la provincia de Buenos Aires.
Ese comportamiento destructivo aísla al hostigado, lo disminuye ante los demás y lo expone a duras consecuencias. En el cuadro de esas conductas es importante apreciar de qué modo la sociedad adulta contribuye, directa o indirectamente, a alimentar la violencia del hostigamiento, cómo se percibe en tantas manifestaciones de acoso cotidiano.
A diferencia de otros países, la Argentina, con una añeja y admirada tradición en legislación educativa, no tiene previsiones legales específicas para estos casos problemáticos. Chile, Perú, México, Estados Unidos y el Reino Unido, por nombrar algunos, han elaborado o están en proceso de sanción de una ley antibullying. Es imperiosa la necesidad que el Congreso de la Nación trate el proyecto contra el acoso escolar presentado por el bloque de diputados de la UCR y se lo convierta, prontamente en ley, luego de un maduro y serio debate.
