Las tensiones de un acelerado ritmo de vida suscitan desvelos desde hace muchos años. El tema se renueva y adquiere plena vigencia en nuestros días. Los olvidados principios de la relajación continúan siendo inmejorables guías para aliviar al hombre de todas sus angustias y problemas tanto anímicos como físicos. La carrera del hombre de negocios es un ejemplo de vida en alta tensión. Si tiene éxito es impulsado a intentar mayores resultados o por lo menos mantenerlos; si se halla en dificultades no escatimará esfuerzos para revertir su situación.

Cualquiera sea su actitud conoce y sufre en carne propia qué es la alta tensión, expresión muscular de las angustias. La puede provocar un amor contrariado, vaivenes políticos adversos, cuestiones de salud, problemas laborales, etc. Es muy difícil entender al hombre si artificialmente lo dividimos en alma y cuerpo, como así también si separamos al individuo de la sociedad. "El hombre es él y sus circunstancias”, decía Ortega y Gasset. La confirmada sección de la mente sobre el cuerpo puede contribuir a obtener el equilibrio indispensable para una defensa sana contra las verdaderas causas de la tensión, estén dentro o fuera de nosotros.

Existen diversa técnicas: a ello tienden la relajación, los masajes, la gimnasia yoga, los baños tibios antes de acostarse, el silencio, saber administrar los tiempos etc. La tensión no solamente encierra, aísla y separa, sino que envejece, agrega años a la apariencia y, a la larga, deteriora al organismo tanto como al ánimo. No es mi intención detallar los diferentes métodos para combatirla, sí en cambio, inquietar acerca de la sobrecarga y la energía dilapidada, el consiguiente cansancio y las consecuencias perjudiciales para la salud que provoca. Tiene, sin embargo, algo constructivo: llama a cambiar y a ordenar el sentido de fuerzas antagónicas. Representa una curación mucho más probable para los que toman conciencia que para los insensibles e indiferentes que tratan de ignorar la realidad. En su resolución entran mucho la filosofía personal, el sentido de la vida y la escala de valores. Pero creo que el asunto estriba en preguntarse: ¿Tiene tiempo? ¿Para qué? ¿Relajarse, para qué? Reflexionando en profundidad ¿Podría ser que no hubiera una verdadera "higiene” mental-religiosa? La tranquilidad ante la angustia y la relajación no serían más que el primer paso al que tendríamos que agregar el segundo: buscar el levantamiento de estos estados en la calma y serenidad que nos da la fe en Dios.

(*) Escritor.