Según los historiadores más serios, en las andanzas de un Carlitos "Gardès” (apellido original del afamado Carlos Gardel) adolescente criado prácticamente en la calle ya se notaba una decidida y firme vocación por el canto, amenizando reuniones y con "topadas” o desafíos de contrapuntos en los boliches que abundaban en la zona del Abasto donde fue creciendo aquel modesto "francesito”, un verdadero cantor nato que reaccionaba al instante al escuchar los numerosos conjuntos improvisados del "bajo” porteño. Doña Berta (Gardès) comentó en una oportunidad que su hijo siempre decía que quería ser cantor, cosa que le preocupaba porque ninguno conocido por aquel entonces tenía un trabajo fijo, salvo por supuesto los vinculados a la ópera o la zarzuela.
Cuando madre e hijo se mudaron a una pieza en la calle Corrientes al 1500 quedaron cerca de algunos de los principales teatros de aquel entonces, tomando Doña Berta el planchado de la ropa de varios actores en momentos en que la ópera era muy popular en Buenos Aires, siendo normal que actuaran allí los más encumbrados intérpretes de aquel entonces, como Tito Schipa, Enrico Caruso o Titta Rufo.
El afán de emular a todos estos grandes intérpretes llevó al inquieto joven a intentar suerte como cantor aficionado, amenizando reuniones familiares para llegar poco a poco a círculos más amplios y menos "santos”, desde boliches y burdeles barriales hasta festejos en los studs del bajo Belgrano que celebraban el triunfo de un "pur-sang” local. De esta etapa juvenil quedó en Gardel su reconocida afición por los caballos y las carreras, retratada en varios tangos y milongas con letras "burreras”.
En esos momentos y en ese ambiente de caballos, cuidadores y jinetes no era el tango el estilo musical más popular, pues se trataba en su gran mayoría de gente procedente del interior. No es de extrañar que predominaran las cuecas, tonadas, zambas, gatos y cielitos en cuanta reunión tuviese lugar, formas musicales que se alternaban con la presencia de los clásicos payadores. Según los biógrafos más serios el "francesíto”, como lo conocían todos, solía concurrir a un café muy popular ubicado en una esquina casi enfrente del Abasto, llamado O’Rondeman, donde cenaba pagándose la comida con su canto, para pasar de allí a ser asiduo concurrente a los muy conocidos "comités” políticos de la época como payador dedicado a realzar con sus improvisaciones las cualidades del caudillo en cuestión.
Una de las historias de comité circa 1910, lamentablemente sin confirmación, sostiene que fue en una de estas "payadas” cuando el ya entonces famoso Betinotti lo escuchó al jovencito Gardes y le puso el apodo popular con que hoy lo recordamos: el "Zorzal Criollo”, nombre artístico más delicado y universal que el de "Morocho del Abasto” con que se lo conocía hasta ese momento.
Son numerosas las fotografías del joven Carlos Gardès en aquellos primeros tiempos iniciales de su carrera de cantor, donde aparece con cara redonda, peinado con raya al medio y varios kilos de más. Así se lo puede ver, de bombachas y alpargatas en una primer película de tipo gauchesco, filmada alrededor de 1908 que es hoy una valiosa pieza de museo. Luego, hacia fines de 1911 se produce el encuentro que determinaría el mayor cambio en la vida artística del joven con pretensiones de cantor, cuando se conocen con José (Pepe) Razzano, el "Oriental”. Y entonces comienza la historia del Gardel que todos admiramos.
