Si bien todas estas frases creadas por los presidentes alimentan decepciones y humores, al mismo tiempo hay mucha diferencia entre ellas. En EEUU el piropo público de Obama despertó que algunos le dijeran que el Presidente no entiende el papel de la mujer en la sociedad y que sus comentarios son discriminatorios en cuestiones de género.

Creo que a los críticos se les fue un poco la mano. Si bien la investidura presidencial condiciona responsabilidades, hay que tener en cuenta que Obama nunca le faltó el respeto a la fiscal ni sus comentarios fueron de índole sexual. No hubo una opinión subida de tono. Dijo un piropo, lo hizo en público, además habló de que era hermosa lo que si bien pudo haber ruborizado un poco a la fiscal no dejó de ser un calificativo positivo. También dijo que era inteligente y buena profesional, lo que desvirtúa que la hubiera querido deningrar por el sólo hecho de ser mujer.

Si esas palabras las hubiera dicho en privado, si se hubieran escuchado por micrófono accidentalmente abierto, como le sucedió a Mujica, la cuestión podría ser diferente. Y seguro que hasta Michelle se las hubiera reprochado. De todas maneras, no deja de ser positivo que las palabras hayan creado cierto revuelo y que haya habido una reacción en medios y, en especial, en las redes sociales, que tienen una función de fiscalización que antes solo ejercía el periodismo. Los presidentes, los políticos y las personas públicas en general, deben asumir que sus palabras tienen consecuencias.

El público, ahora usuario de las redes sociales e internet, ya no vota sólo cada cuatro años; el voto ahora se ejerce todos los días.

Como he señalado en esta columna, los presidentes y otras personas públicas no tienen los mismos derechos a la libertad de expresión que los ciudadanos comunes. Sus palabras tienen mayores consecuencias y efectos por lo que deben y tienen mayor responsabilidad sobre cómo las usan.

El presidente encargado de Venezuela, Nicolás Maduro, hizo el ridículo. Por más intenciones que tenga de acercar al electorado vía memoria de Chávez, resultó desfachatado manipular la imagen del ex mandatario (que hacía cosas parecidas) al decir que un pajarito dándole vueltas alrededor de su cabeza, que se comunicó entre trinos y silbidos, era el propio Chávez trayéndole un mensaje de esperanza al inicio de su campaña proselitista.

En materia de libertad de expresión, por su envergadura pública y debido a las consecuencias que sus pronunciamientos pueden acarrear, un presidente tiene más restricciones y responsabilidades que una persona común. El acto de informar dentro de la administración democrática, tiene otros ingredientes esenciales, como la transparencia que garantiza y obliga una ley de acceso a la información pública, la argumentación que se fragua en el debate de las ideas con la oposición y el cuestionamiento que se alcanza en conferencias de prensa y entrevistas periodísticas.

Evidenciado por sus prédicas contra quienes los critican, muchos presidentes no admiten que como funcionarios renuncian a privilegios de privacidad, asumen restricciones y deben estar más expuestos a la crítica y a la fiscalización pública.