Por Carlos Salvador La Rosa – Sociólogo y periodista
Javier Milei aprendió política haciéndola, y la empezó a hacer -y por ende a aprender- recién cuando asumió la presidencia de la Nación, no antes. Previamente, él se consideraba un gran teórico de la economía y llegó al poder con la expectativa de traducir sus ideas a la práctica. Los tres discursos que pronunció en Davos son la quintaesencia de su filosofía libertaria. Que no es lo mismo que filosofía liberal.
Felizmente, por ahora, la práctica política de su gobierno, está mucho más cerca de un gobierno de corte liberal convencional (como el de Mauricio Macri) que de su pensamiento teórico, excepto durante gran parte del año 2025 donde intentó poner en práctica el libertarismo y casi hace volar por los aires su gobierno debido a ello, salvado gracias a la intervención de Donald Trump. Y a partir de allí parece haber retornado a la sensatez.
El superávit fiscal, la lucha contra la inflación y la emisión, la ley bases, el pacto de mayo, las propuestas anti regulatorias, la reforma laboral (y demás reformas “estructurales”), forman parte de un programa típico de corte liberal que tiene por supuesto, apoyos y detractores, pero que hoy por hoy, expresan una mayoría social como no ocurrió nunca antes durante décadas en la Argentina. Y así como puede salirle bien (hasta ahora en general le está saliendo bien, o al menos dentro de lo esperable), también puede fallarle. Pero una cosa sería que fracasara por su aplicación imperfecta (como le ocurrió a Macri), ya sea por errores económicos o por incompetencias políticas, y otra muy distinta sería que fracasara porque Milei, con el importante poder político que está acumulando, decidiera -no en sus palabras sino en sus prácticas- avanzar con la imposición en la realidad de sus ideas libertarias. Porque entonces, además de que el fracaso estaría asegurado al aplicar una ideología que jamás se aplicó en gobierno alguno en ninguna parte del mundo por su inconsistencia plena, el país se perdería una nueva oportunidad de salir para siempre de su decadencia y comenzar de manera irrefrenable su desarrollo integral. Algo para lo cual hoy están dadas las condiciones políticas, culturales y sociales como no lo estuvieron cuando menos durante todo lo que va del siglo. Y sería una pena inmensa que eso no se lograra por las ideas teóricas estrafalarias de un presidente. Ideas sólo de él, ya que el “libertarismo” es una doctrina fundamentalista que excepto un puñado de viejos amigos, tan sectarios como él, nadie defiende. Además, con la mayoría de esos amigos, desde que asumió la presidencia, ya se ha peleado, como ocurre con casi todas las minorías en el momento en que tienen que llevar a la práctica sus elucubraciones teóricas.
En lo económico, el gobierno de Javier Milei es básicamente liberal. Pero la mente del presidente es estratégicamente libertaria y solo tácticamente liberal. De cuál de ambas tendencias se imponga en la realidad, depende -en inmensa medida- el éxito o el fracaso de su gestión.
Milei, premio Nobel de Economía
Pocos meses después de haber asumido, en una de esas charlas que hace por el mundo en instituciones académicas (?) libertarias, Milei afirmó algo que hoy sigue sosteniendo a juzgar por lo que dijo en su último discurso en Davos: “Con mi jefe de asesores, el doctor Demian Reidel, estamos reescribiendo gran parte de la teoría económica. Si nos termina de salir bien, probablemente me den el Nobel de Economía junto a Demian”. O sea que Milei se anticipó un par de años al deseo de Donald Trump de auto postularse para el premio Nobel, solo que el norteamericano quiere al de la Paz y el argentino al de Economía.
Lo que defendió Milei en Davos fue que el mercado debe sustituir absolutamente al Estado, entre otras cosas porque “las fallas del mercado no existen”. Esta excéntrica teoría pone en su centro al Mercado como la Biblia lo pone a Dios. Por lo tanto, todo lo que haga el mercado será bueno: hasta los monopolios. Si la concentración y el monopolio los hacen el Estado, ambos son monstruos porque frenan el desarrollo, pero si los hacen los mercados, son heroicos, porque aceleran el desarrollo. Puesto que el desarrollo solo se logra cuando cada uno logra lo suyo y no lo comparte con nadie: el rico sus riquezas, y el pobre, con suerte, los derrames.
Paradójicamente, o no tanto, a los pocos días de exponer esta teoría económica en Davos, su socio conceptual y co-aspirante al Nobel, Damien Reidel (economista, físico, financista, empresario), debió ser eyectado del cargo que tenía en el mismo Estado presidido por Milei por graves sospechas de corrupción.
Lo viejo y lo nuevo
Lo cierto es que, con su teoría libertaria, Milei conceptualmente está más preocupado en desmantelar lo viejo que en reemplazarlo por lo nuevo, porque su estructura teórica de pensamiento le lleva a creer que todo vendrá espontáneamente cuando ocurra el gran cambio de fondo. ¿Y cuál es ese cambio de fondo?: que mientras gobierna con políticas económicas liberales, vaya ganando paralelamente la batalla cultural libertaria hasta que no haya más Estado y que todo quede a cargo y se realice por obra y gracia del omnipotente mercado. Por eso se interesa más por ir desgastando que por ir renovando (vaciar el Estado sin construir instituciones mejores).
Cuando, al revés, la tarea de Milei debería ser la de crear velozmente las precondiciones del desarrollo más allá del mero ajuste financiero o fiscal, que por sí solo cada vez convencerá a menos gente. Pero esa es una tarea de construcción, no de destrucción.
Llegó la hora de ponerse a construir la casa propia, presidente. Eso de vivir de prestado en casa ajena despotricando todos los días contra la misma y además apostando a deteriorarla, esperando que si se cae surja por arte de magia una nueva, no alcanza.
