La recesión de la economía no es solamente un problema de la incidencia negativa de ciertos factores sino también un problema de psicología social. Por ejemplo, fue natural que gran parte del mundo ingresara en recesión durante el 2008 porque se reventó la burbuja de varios engaños que la habían venido inflando. Detrás de ese globo se escondía uno de los más conocidos pecados del ser humano, la avaricia. Años atrás charlaba de eso con John, ejecutivo de una empresa multinacional que viajaba con frecuencia semanal a Estados Unidos y regresaba los viernes a la filial de San Juan. Escuchando algunos de mis comentarios me invitó a calcular cuánto tiempo haría falta para que las principales empresas tecnológicas obtuvieran réditos como para justificar el alto valor de sus acciones.

Llegamos a la conclusión de que debían ser de más de 60 años. El esquema era sencillo, relacionar el valor bolsa de cada compañía con las utilidades anuales. En ese momento, casi ninguna reportaba utilidades, sólo expectativas. Como ahora Pokémon Go. Siendo objetivos, la gente estaba poniendo plata como a la ruleta. En el terreno inmobiliario muchísimos se endeudaron con hipotecas que no podrían pagar pensando que los inmuebles tenderían a subir de precio y se podrían vender. Ese momento fatal les llegó a todos a la vez, salieron a vender y se enteraron que esos bienes no valieron más ni igual, sino mucho menos del monto del préstamo. Como las hipotecas tampoco estaban en manos de los bancos originarios sino que habían sido puestas en garantía de otras operaciones inmobiliarias creando el llamado ‘apalancamiento‘, la debacle se expandió en todo el mundo desarrollado. Ahí estaba la codicia de los intermediarios para ganar comisiones y la de los ciudadanos comunes que pretendieron disfrutar de un nivel de vida que no podían pagar. Entonces, así como en algún momento todo subía, todo comenzó a bajar y ya no solamente en el mercado inmobiliario.

Los bancos fueron afectados, cayó la confianza de los depositantes, el inversor se refugió en valores tradicionales como metales, ciertos bonos y hasta en materias primas, la economía redujo su nivel de monetización de manera dramática y, en consecuencia, nos despertamos un día percibiendo que no éramos tan ricos como creíamos. Nuestro país recibió un golpe menor por tener un mercado pequeño y, por el contrario, se vio favorecido con la suba de precios de lo que exportamos. Pero eso no viene al caso. Aquella caída del año 2008 tuvo su explicación sencilla y hasta se pudo determinar a los causantes. Algunos bancos y fondos de inversión cerraron y hasta enfrentaron procesos penales. El problema es más difícil cuando no se conoce bien por qué se entra en depresión económica o cuando los factores son múltiples, como parece estar ocurriendo entre nosotros. Hay interpretaciones pero una se lleva todos los aplausos: la falta de productividad. Esto es el resultado pobre que se obtiene de la aplicación del capital de trabajo, de la inteligencia para innovar y poder interactuar con éxito en mercados competitivos, de la escasa capacitación de la mano de obra… en fin, en un desorden generalizado que sirve para que no gane el mejor sino el que mejor se acomoda. En escenarios de fuertes regulaciones estatales, a algunos se les agranda el arco y a otros se les achica con el problema de que, cuando hay que jugar el mundial de las exportaciones, la cancha es la misma para todos.

Tenemos que advertir que nuestro problema no es circunstancial o el resultado de que algunos ‘se la llevaron‘. El problema es estructural. Los problemas estructurales tardan mucho tiempo en corregirse y mucho más los problemas culturales. Vivimos en un país en el que conservamos una idea de riqueza de principios del siglo pasado, cuando la era de la ‘manteca al techo‘. Habiendo tenido recursos, no nos dedicamos al desarrollo de la industria y tampoco lo estamos haciendo en la era tecnológica. Se nos educó en la creencia de que tenemos muchos derechos y pocas obligaciones. Pero hay algunas intenciones edificantes que reconocen que hace falta cambiar. En San Juan, por la coordinación de tres ministerios, el de Tecnología, Producción y Educación, se comienza a entrenar a mil alumnos del secundario para que formen empresas reales asistidos por expertos de Junior Achievement y asesores en cada grupo. Que formen su capital, busquen sus accionistas, repartan sus roles, elijan producto, lo elaboren, hagan su marketing, lo vendan, realicen sus utilidades, liquiden finalmente las acciones y repartan ganancias a fin de año. Eso comienza este lunes y tendrá funcionamiento intensivo durante 15 semanas. Es en las escuelas donde se formarán los emprendedores del futuro. Es en las escuelas donde podremos cambiar a una cultura de creatividad, invención e innovación. Como lo pensó Sarmiento.