Era cuestión de entrar por la mañana al quirófano y salir por la tarde, con una faja, un drenaje y la medicación de rigor. En Teoría, algo sencillo, casi sin complicaciones. La ingeniera en alimentos Noelia Villanis, recordó que eso le describió la médica Romina Cobos, cuando asistió a verla para hacerse una cirugía reconstructiva por secuelas de su segundo embarazo. Una operación en sus músculos y la eliminación de dos hernias, sobresalían en esa cirugía. Ese mismo lunes 22 de febrero de 2021, volvió a su casa, con una faja, drenaje y medicamentos, pero cuando cedió el efecto de los analgésicos, empezó a sentir que no podía respirar, que la faja le ajustaba de más, que por el drenaje no salía nada. Y un dolor que no cesó hasta 8 días después, cuando fue internada de urgencia en otra clínica, a la que llegó prácticamente deshidratada por diarreas y vómitos, hasta de su propia bilis. Debió ser operada ahí mismo otra vez, porque algo no lucía bien en una tomografía que le hicieron. Al abrirla, descubrieron que estaba al borde de lo peor por una infección, pues le habían provocado dos perforaciones en su intestino delgado.
Desde entonces pasó 17 días en terapia intensiva. Los tres primeros con el abdomen abierto y respiración artificial. Luego, la sometieron a otra cirugía para cerrarla y dejarle un trozo de intestino fuera del vientre, conectado a una bolsa, que debió higienizar por cuatro meses.
Débil, con escaras que dejaron agujeros en sus piernas, un problema en una escápula, la deshidratación constante, el penoso escenario de ver cómo pasaban los líquidos y la comida casi intactos a la bolsa, la incomodidad para dormir. Hasta la ultima operación, realizada el 23 de agosto del 2021. Consultas con médicos, psicólogos y un kinesiológo que le enseñó a higienizar su intestino, fueron parte de la cotidianeidad de Noelia.
Y todo sin contar el costo emocional. Porque sus dos pequeños hijos debieron ir a parar a lo de su mamá. Su marido se multiplicó para no dejar de trabajar y cuidarla junto con otros familiares. Porque debieron regalar su mascota, un perro. Porque los niños terminaron afectados con un cuadro de tartamudez (uno de ellos, además, con problemas urinarios) y su hermana menor con atención psiquiátrica. Porque ese mundo normal de una profesional exitosa entonces de 41 años (hoy tiene 44), había trocado a otro lleno de complicaciones diarias, que aún perduran, como las marcas en su abdomen, y groseras cicatrices que aún duelen.
De esos días, Noelia recuerda que la médica no la atendió en sus días posoperatorios más críticos, que la trató de ‘mañosa’, minimizando o quitándole importancia a sus dolores.
Pero salió. Se apoyó en el amor a sus hijos y a su familia. Buscó fuerzas en Dios. ‘No tengo bronca ni odio y no soy quien para perdonar (a la médica). Solo quiero presentar mi caso, que me escuchen en la Justicia, para que se tome conciencia de cómo tratar a un paciente, a una persona que no es un número más, que entrega su vida y confía en su médico. Estoy viva de milagro y espero Justicia, porque no quiero que le pase a otro la gravísima experiencia que me tocó a mi’, dijo la ingeniera.
El caso de Noelia Villanis (asistida por el abogado Maximiliano Páez Delgado) es investigado con el viejo sistema procesal penal mixto. La jueza Mónica Lucero dirige esa investigación y ya ordenó secuestrar historias clínicas y otras pruebas. Será esa magistrada la que decida si la médica Romina Cobos debe o no ser indagada por presunta mala praxis.

