En la familia Fernández ser colectivero no es solo una profesión: es una tradición. Cuatro generaciones han recorrido las calles de San Juan al volante de un micro, y ahora, con apenas 5 años, Felipe quiere seguir el mismo camino. “Yo quiero ser colectivero como mi papá”, dice sin dudar este pequeño sanjuanino del departamento San Martín, que desde que era un bebé muestra una pasión desbordante por los colectivos.

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Todo empezó con su tatarabuelo, Justo Pastor, quien manejaba en la línea 18. Luego siguió su hijo, Iris Francisco, también chofer de la misma línea. La posta la tomó Juan Onofre Fernández, abuelo de Felipe, que dedicó su vida a la línea 18A y se jubiló en 2019. Hoy, el padre del niño, Juan José Fernández (29), continúa la historia familiar como chofer de la línea 440 de la Empresa Albardón. Y desde muy chico, Felipe parece tener su destino marcado.    DCC050525-003F08-728x470

“Desde que tenía un año agarraba cualquier cosa para jugar que era el volante de un colectivo”, cuenta Guadalupe Vera, su mamá. En su casa del barrio Emprendimiento San Martín, Felipe tiene su propio “micro”: un escobillón que estaciona todas las noches junto al lavarropas y busca cada mañana apenas se despierta para iniciar su recorrido imaginario.

Se sabe los horarios y recorridos de memoria, acompaña a su papá a lavar el colectivo y elige con él los accesorios. “Todos los choferes lo conocen”, dice la madre entre risas.

Para su cumpleaños número 5, celebrado el 22 de junio del año pasado, pidió una fiesta temática: quería ser colectivero. Su abuela Inés, que es costurera, le confeccionó una camisa celeste que lució con orgullo frente a sus amigos, y su madrina decoró toda la celebración con imágenes de la antigua línea 20 de la Empresa Albardón, la segunda casa de todos los Fernández. “Ya pidió que su cumpleaños de este año sea igual”, confiesa su mamá, agregando que los hermanos de Feli, Olivia (11) y Bautista (10), no comparten la pasión: “El único loco por los colectivos es él”.

En la escuela Juan Larrea, donde asiste a primer grado, también vive su fanatismo: “A sus compañeros los tiene locos con lo de los colectivos”, cuenta Guadalupe: “El otro día tenían que ir disfrazados de lo que quisieran, y él fue como chofer. Se puso su camisa celeste y llevó una antigua boletera y un viejo maletín que era del abuelo”.

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Toda la decoración del último cumpleaños fue “de colectivos”, como pidió Feli. Él, explotado de alegría.

Felipe ama ir a la casa de sus abuelos paternos, en el corazón de Angaco, donde pasa la línea 440. “Le encanta estar ahí porque desde la esquina la ve pasar. Y cuando le toca la última vuelta al papá, lo espera feliz para acompañarlo”, dice la madre. Según su abuela Inés, “cuando viene a casa tenemos que andar escondiendo las cosas porque saca todo para armarse su colectivo”.

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Iris Francisco Fernández, bisabuelo de Felipe, en una unidad de la vieja línea 18.

El abuelo Juan se emociona al ver que la historia continúa: “Mi abuelo fue el que inició esta generación de colectiveros. Es un trabajo sacrificado, pero lo más lindo es el trato con la buena gente. Me alegra ver que mi nieto lo lleva en la sangre”. Y el padre, Juan José, que no puede evitar emocionarse con la pasión de su hijo, lo resume en una frase que Felipe repite a menudo con una mezcla de inocencia y determinación: “Papi, ¿cuándo voy a entrar a la empresa?”.

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El nene posa junto a su padre y su abuelo. Sueña con ser chofer como ellos.

Felipe ya lo tiene decidido. Mientras otros niños sueñan con ser futbolistas o superhéroes, él quiere seguir una herencia que lleva impresa en el alma: la de ser colectivero. Como su papá, su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo.