Groenlandia, la isla más grande del planeta, ubicada en el extremo noreste del continente americano y en pleno Ártico, se ha transformado en los últimos meses en uno de los focos más sensibles de la geopolítica internacional. Aunque se trata de un territorio autónomo que forma parte del Reino de Dinamarca, su valor estratégico, sus abundantes recursos naturales y su posición clave para la seguridad global la han colocado en el centro de una disputa que involucra a Estados Unidos, Europa y, de manera indirecta, a Rusia y China.
La tensión no es nueva, pero ha escalado con fuerza a partir de la renovada ambición de Estados Unidos de ejercer un mayor control sobre la isla. El presidente Donald Trump, que ya en 2019 había sorprendido al mundo al sugerir la posibilidad de “comprar” Groenlandia -entonces tomado casi como una excentricidad-, vuelve hoy sobre el tema con un discurso más elaborado, apoyado en argumentos de seguridad nacional y económica. En el actual contexto internacional, esa idea ya no se percibe como una simple provocación, sino como una señal clara de la competencia estratégica que se libra en el Ártico.
Washington considera a Groenlandia una pieza clave para frenar la creciente influencia de Rusia y China en la región, donde el deshielo abre nuevas rutas de navegación y facilita el acceso a minerales críticos, hidrocarburos y otros recursos estratégicos. En ese marco, se han mencionado planes de fortalecimiento militar, incluyendo sistemas avanzados de defensa aérea y la eventual construcción de un “gran domo dorado”, lo que mantiene a la zona bajo un clima de alta tensión.
Dinamarca, por su parte, ha reafirmado con firmeza su soberanía sobre el territorio y rechaza cualquier intento de injerencia que vulnere el marco legal vigente. Desde la Unión Europea, una amplia mayoría de los países observa con preocupación la postura estadounidense y califica cualquier intento de control directo como una forma de “recolonización”, posicionándose en defensa de la integridad territorial de un aliado histórico.
En medio de esta puja, la voz de la propia Groenlandia cobra cada vez más relevancia. Su población, mayoritariamente aspira a una mayor autonomía e incluso a la independencia plena, pero rechaza quedar atrapada entre presiones externas que no siempre contemplan sus intereses sociales, culturales y ambientales.
Desde la Segunda Guerra Mundial, la isla ha sido estratégica para la defensa de América del Norte. Durante el conflicto, Estados Unidos ocupó Groenlandia para evitar que cayera bajo control nazi y proteger las rutas del Atlántico Norte. Desde entonces, mantiene una base militar clave para la vigilancia espacial y la defensa antimisiles.
El paralelismo con la situación de las Islas Malvinas, aunque con matices evidentes, resulta inevitable. En ambos casos, territorios con enorme valor estratégico se convierten en objeto de disputas entre potencias. La expectativa, una vez más, es que la comunidad internacional encuentre una salida pacífica, evitando que la competencia global derive en un conflicto que termine afectando a toda la humanidad.
