La reciente entrega simbólica de la medalla del Premio Nobel de la Paz por parte de María Corina Machado al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha provocado en Noruega una mezcla de indignación, estupor y crítica abierta que va más allá de lo habitual en estos casos. Lo que para algunos pudo parecer un acto personal de agradecimiento -Machado justificó su gesto como un reconocimiento especial a Trump por su “compromiso con la democracia en Venezuela”-, ha sido interpretado en Oslo como una falta de respeto a la esencia misma del premio.

La decisión de Machado, galardonada con el premio en 2025 por su lucha contra la dictadura venezolana, de “ceder” su medalla al presidente estadounidense durante un encuentro en la Casa Blanca desató críticas unánimes de políticos y analistas noruegos. Líderes de distintos partidos calificaron el gesto de “insólito”, “patético” y “absurdo”, subrayando que el valor simbólico de la distinción -idéntica en peso y formato a cualquier otro Nobel de la Paz- no puede perderse en un acto que aparenta mero oportunismo político.

En declaraciones recogidas por medios noruegos, figuras como Janne Haaland Matlary, profesora y experta en política internacional, insistieron en que “no se puede simplemente regalar un premio” y que la acción de Machado demuestra “una total falta de respeto por el galardón y por el Comité Nobel”. Para muchos en Noruega, este gesto no sólo trivializa la medalla física, sino que amenaza con erosionar el prestigio de un reconocimiento que, según el Instituto Nobel, no puede revocarse, compartirse ni transferirse una vez anunciado.

La reacción no se limitó a calificativos. Miembros del Partido del Centro, el Partido Laborista y otros sectores políticos hicieron sonar alarmas sobre la interpretación -o malinterpretación- de valores que el premio pretende encarnar: paz, diálogo y respeto por los derechos humanos. Algunos incluso han propuesto revisar el proceso de selección para evitar que decisiones similares se repitan, pues temen que hechos como este conviertan al Nobel en una mercancía de negociación política.

Cabe recordar que, aunque el título de laureado permanece inscrito con Machado, la imagen del premio ahora cuelga en la oficina de Trump, y él mismo celebró el gesto en redes sociales como “un maravilloso acto de respeto mutuo”. Pero esa cinética mediática y política -con un premio de paz en medio de tensiones geopolíticas, críticas sobre intervenciones militares y debates sobre poder e influencia- plantea preguntas urgentes: ¿Hasta qué punto puede una figura laureada instrumentalizar un reconocimiento tan venerado para fines políticos? ¿Estamos dispuestos a aceptar que la prestigiosa historia del Nobel de la Paz se vea empañada por un gesto que muchos perciben como improvisado y hasta contraproducente?

La indignación en Noruega, expresada con vigor en discursos políticos y columnas periodísticas, sugiere que este episodio no será olvidado pronto. Más que una polémica aislada, representa un llamado de atención sobre el valor de los símbolos y la responsabilidad que conlleva recibir uno de los mayores honores del mundo.