Cada nueva edición del Día de Reyes renueva un pacto silencioso entre generaciones. En 2026, como ha ocurrido durante siglos, los niños vuelven a asomarse a una noche cargada de magia, preguntas, risas y sueños. En un contexto atravesado por tensiones económicas, sociales y culturales, esta festividad conserva un valor que excede largamente lo material: es una oportunidad para reafirmar que la infancia no debe resignar ni su inocencia ni sus ganas de jugar, aun cuando la realidad de los adultos invite, muchas veces, al desencanto.

Cada Día de Reyes, como sucede con otras celebraciones similares, los chicos vuelven a permitirse creer en un mundo posible de alegría y felicidad. Esa costumbre, casi un ritual, no debería perderse bajo ningún punto de vista. Por el contrario, debe prevalecer como una reserva ética de la sociedad, una forma de decir que todavía hay espacio para la ilusión compartida y el asombro genuino. Los niños no entienden de coyunturas ni de estadísticas, entienden de gestos, de presencias y de afectos.

La noche de Reyes, sin embargo, no es igual para todos. Algunos niños -y también muchos adultos- reciben el regalo esperado, costoso, vistoso y de buena calidad. Otros, en cambio, atraviesan esa noche sin que nadie acerque siquiera un pequeño obsequio, quedándose a la espera de una cuota de felicidad que, por distintas circunstancias, se les está negando. En ambos casos, con regalo o sin él, son los mayores quienes deben activar el ingenio y la sensibilidad para que esta fecha no se convierta en un nuevo motivo de diferenciación entre niños que, en esencia, deberían recibir el mismo mensaje.

Porque no está en los juguetes, ni en su precio o sofisticación, la correcta interpretación de lo que los Reyes Magos significaron para el Niño Jesús. Al igual que el incienso, la mirra y el oro ofrecidos en el humilde establo de Belén, los juguetes deben ser apenas el medio para homenajear a los niños, haciéndolos sentir parte de una historia que habla de humildad, reconocimiento y amor. En ese sentido, el trabajo de numerosas organizaciones solidarias, que en estos días recolectan juguetes y regalos para los sectores más necesitados, resulta fundamental para que ningún chico quede al margen de esta celebración.

Sin distinciones de ningún tipo, todos los niños deberían acceder a estas recordaciones con el espíritu dispuesto a abrazar una creencia milenaria que ha sido sustento de la fe y de los valores de nuestra sociedad. Cuidar sus emociones, promover el amor en cada gesto y sostener la ilusión no es un acto menor, es la base para formar, en un futuro cercano, hombres y mujeres íntegros, capaces de construir una comunidad con mayores principios y humanidad.