Si bien a Domingo Faustino Sarmiento se lo reconoce con toda justicia como a un gran maestro y un incansable promotor de la educación, recordarlo en este día por esta sola condición es no tener en cuenta la impronta de progreso que desde otros ámbitos dejó en nuestro país en beneficio de las generaciones futuras.
Desde su juventud se convirtió en un gran educador cuando comprendió que la Argentina llegaría a ser una gran nación libre y soberana auténtica en base a la educación de su pueblo. Ya adulto se convirtió en un formidable estadista, a la altura de otros grandes próceres de nuestra historia, y fue en esa condición que hizo su gran aporte, desde la presidencia de la Nación, para que el país se encaminara hacia el destino de grandeza que todos anhelaban. Entre 1868 y 1874, fechas en las que ejerció la primera magistratura, el país vivió años de gran crecimiento. Sus decisiones tuvieron una gran incidencia en todos los ámbitos de la vida nacional con propuestas y soluciones en el orden económico, social y político que marcaron una época de progreso propia de un país que comenzaba a transitar su vida institucional conducido por dirigentes de profundos sentimientos patrióticos.
El valor que tuvo Sarmiento para impulsar la educación, promover el orden institucional y hacer del país una nación reconocida por todas las naciones del mundo, es solo comparable con la actitud y la visión que tuvieron otros grandes hombres de nuestra historia como Julio A. Roca, Justo José de Urquiza, Juan Bautista Alberdi, Nicolás Avellaneda y Bartolomé Mitre, entre otros preclaros mandatarios que supieron conducir al país en una etapa signada por ideas de avanzada que contribuyeron con el desarrollo nacional.
A 136 años del fallecimiento de Sarmiento, hecho acontecido el 11 de septiembre de 1888 en Asunción del Paraguay, la Argentina afronta, en todos los órdenes, serios desafíos que podrán ser superados con el esfuerzo de todos y priorizando a la educación como factor esencial de la consolidación del crecimiento y desarrollo de los pueblos.
En materia de educación, estrictamente hablando, afrontamos un panorama muy complejo en cuanto al funcionamiento del sistema educativo. En cada uno de los niveles persisten problemas que hay que solucionar a fin de que la educación cumpla con la función de ser la impulsora de los valores que la sociedad necesita. Respecto de la educación secundaria, que es uno de los niveles más críticos, a pesar de su carácter obligatorio hay altos índices de repitencia y deserción, además de una fuerte caída en la calidad. Al igual que en los tiempos de Sarmiento, la educación debe transformarse en la mayor prioridad para el gobierno, reorientándola hacia la transformación social para lograr una sociedad más igualitaria.
Hay expertos que coinciden en que hay que trabajar principalmente en dos ejes, el cumplimiento efectivo de la obligatoriedad y la mejora en la calidad. No sólo es necesario que los niños ingresen al sistema y permanezcan, lo cual es verdaderamente importante, sino también que aprendan y para ello se necesita poner mayor énfasis en materias centrales como lengua, matemática y ciencias, en las que existe un gran déficit, como ha quedado demostrado en las últimas mediciones de calidad educativa.
