La sorprendente salida de Nicolás Maduro del poder, tras un operativo militar estadounidense que culminó con su captura, marca un antes y un después en la historia contemporánea de Venezuela. La acción, calificada por Washington como un golpe decisivo al “régimen”, sitúa al país caribeño en una fase de transición con múltiples factores en juego, como negociación interna, tutela externa y reacomodos geoestratégicos regionales.
Para analistas como el profesor Fabián Calle, Venezuela no enfrenta una ruptura súbita sino un proceso de transición gradual que podría extenderse por uno o dos años. La idea de una salida rápida no sólo es ilusoria sino peligrosa, pues obvia la complejidad de un tejido político y social profundamente asentado tras décadas de hegemonía chavista. Las señales de prudencia que se envían, especialmente hacia la cúpula militar, no son meras expresiones diplomáticas. Responden a una realidad palpable de inferioridad militar frente a potencias extranjeras y de infiltración de inteligencia que condiciona cada movimiento.
La intervención estadounidense ha tenido efectos inmediatos y simbólicos. Estados Unidos ha expuesto su rol central en la transición, condicionando la liberación de presos políticos, la entrada de empresas estadounidenses y la salida de influencias extranjeras como las iraníes o el predominio chino en el sector petrolero. Sin embargo, también ha generado una fuerte reacción internacional, con críticas desde Rusia y China que denuncian una vulneración del derecho internacional y una amenaza a la soberanía de los Estados.
Dentro de Venezuela, la situación política y social es de alta tensión. Grupos paramilitares y milicias leales al chavismo han cobrado protagonismo en las calles de Caracas, mientras autoridades interinas intentan consolidar el control y gestionar la crisis. La incertidumbre económica y la falta de instituciones sólidas persistirán en el corto plazo, pues la precariedad estructural del país no se resuelve con la caída de una figura: demanda tiempo, inversión y acuerdos internos robustos.
La región observa con cautela. El impacto de este cambio alcanza más allá de Venezuela. Redefine alianzas y proyecta un reajuste en la influencia de actores globales en América Latina. Para que la transición deje de ser mera retórica y se convierta en una realidad duradera, será imprescindible la construcción de consensos internos y la inclusión de la sociedad venezolana en un proceso de reconciliación que evite repetir los errores de otros casos históricos.
