El estrepitoso rechazo al proyecto de nueva constitución de Chile por guarismos que, si bien ya se habían anticipado en las encuestas previas, no se pensaban que iban a ser tan contundentes –el 62 % de los votantes se opuso a la nueva Carta Magna y el resultado se impuso en las 16 regiones en que está dividido el país– plantea un nuevo panorama en esa república que, sin duda es muy complicado por las implicancias que tiene en el gobierno de Gabriel Boric, que apoyó la redacción de la nueva norma, y por el mensaje que deja para el resto del continente donde Chile siempre se destacó por su desarrollo económico y por la firmeza de su salud institucional.
Lo que había comenzado como una gran reivindicación del pueblo chileno, que en busca de mejorar su condiciones sociales vinculadas a la desigualdad y la inclusión se animaba en 2019 a salir a las calles y alentar la reforma de su Constitución, continuó con la elección de un joven presidente vinculado a la izquierda que apoyó el proceso. De ahí que la no aprobación de la nueva Carta Magna, es tomada como una derrota del gobierno que no pasa por su mejor momento, ya que hace frente a una serie de problemas generalizados en todo el mundo, agravados localmente en los últimos meses de gestión.
Los analistas coinciden en que el resultado opuesto a lo que en un principio se venía gestando, ha sido consecuencia de la misma naturaleza en que se dieron los hechos y los excesos que se han cometido con intentar un cambio demasiado extraño a los principios republicanos del país y de conceptos con los que no todo el pueblo chileno estaba de acuerdo como la fundación de un Estado plurinacional. Por otra parte la Asamblea Constituyente nunca estuvo bien representada, al tener más de dos tercios de los elegidos del sector independiente, muchos de ellos novatos en política y activistas de la izquierda dura. Los votantes que acudieron a las urnas el domingo pasado no fueron los mismos que apoyaron la reforma constitucional. Hubo una mayor representatividad de todos los sectores del pueblo chileno y con el texto de la norma en la mano se tuvo la oportunidad de evaluar los cambios y observar que muchos de ellos no coincidían con la idiosincrasia del pueblo. Los desafíos que deberá afrontar el presidente Boric son muchos. Además de tener que recuperarse de una caída de su imagen deberá enfrentar la manera de mantener el empuje del cambio propuesto al inicio de mandato sin excluir a la otra fracción de chilenos que no comparten sus ideas.
Lo ocurrido en Chile debe servir de ejemplo para que otros países de la región eviten embarcarse en este tipo de aventuras que si no contemplan el respeto supremo que deben tener las constituciones, tarde o temprano será el mismo pueblo el que terminará rechazando cualquier modificación que esté fuera de los límites.
