Tal vez el fenómeno sociológico de mayor envergadura en la historia, por su extensión y penetración, sea un Mundial de Fútbol. Para dimensionar esta perspectiva, sólo bastaría considerar si algún otro acontecimiento es capaz lograr la sincronía de cientos de millones de almas alrededor de todo el planeta y en actitud expectante (en ocasiones al extremo). Es claro que semejante suceso global se encuentra determinado por la convergencia de múltiples factores interactuantes, no solamente deportivos sino también de infraestructura, organizativos, tecnológicos y económicos. No obstante, todo es posible por la expectativa y entusiasmo del público, naturalmente inclinado hacia la competencia, participación que se acrecienta a medida que las efervescencias se van realimentando. Es precisamente tal propensión masiva por este deporte lo que en realidad le otorga alcance y resonancia a un Mundial. Los grandes titulares de medios de todas las naciones anunciando el triunfo de Argentina en Qatar, han representado los ecos de la atención reinante y generalizada en todo el orbe. Pero el impacto del resultado no se restringe a ello ni a los festejos. Otras derivaciones de vasto alcance indefectible e inadvertidamente arriban.
Un efecto crucial y poco abordado de un Mundial se manifiesta en el plano sociológico. Es decir, en la manera en que afecta al funcionamiento y estructura de las sociedades. Es claro que en los diferentes partidos se destacan figuras, que si alcanzan descollar se comienzan a configurar como paradigmas en las conciencias, o sea en ejemplos. Los seres vivos somos grandes imitadores; gran parte del aprendizaje se articula mediante la emulación, por ejemplo de nuestros mayores al aprender a hablar, caminar, etc. Sin embargo, las personas seguimos durante toda nuestra existencia tomando modelos, aunque a menudo involuntaria y hasta inconscientemente. Héroes de ficción o de la realidad, artistas o pensadores, o personas comunes pero admirables, continuamente inspiran a otros. He aquí el por qué de la trascendencia de los paradigmas emergentes en circunstancias tan públicas y referidas como un Mundial de Fútbol. Los alcances sociales variarán notablemente, dependiendo de quién haya sobresalido, constituyéndose por ello una pauta que inevitablemente será emulada. Sólo hay que imaginar el efecto multiplicador si ese emergente pudiera ser un buen jugador, pero un ególatra exento de toda sujeción a la moderación o a conductas razonables, además de emplear una vulgaridad ostensiva a modo de distinción. Al adoptarlo como prototipo, muchos encontrarán justificativos para premeditados extravíos, pero otros más, y sin saberlo, entrarán así en oscuros corredores. Afortunadamente, el líder del equipo argentino, Lionel Messi, como sus compañeros, encarna valores coherentes con el trabajo, la disciplina, el respeto, la camaradería y la familia. Argentina ganó honorablemente la Copa Mundial de Fútbol, y con ella obtuvo algo mayor: Un cambio de paradigmas.
