Tropezar en la misma piedra se ha vuelto un hecho repetido en las políticas de emergencia, supuestamente para paliar los desajustes en la marcha de la economía que repercuten en la sociedad. Tal vez las más frustradas fueron los cepos al dólar que hicieron estallar el mercado de cambio con las consecuencias conocidas, pero hay otras prohibiciones que castigan al consumo e impactan directamente en las familias de bajos recursos, más si se trata de un alimento de primera necesidad como es la carne.
Cuando trascendió la decisión del Gobierno nacional de imponer restricciones a las exportaciones de carne vacuna, con el fin de bajar los precios de los cortes del consumo interno, los especialistas del mercado, los ganaderos y los medios recordaron el fracaso de estas prohibiciones como ocurrió anteriormente. Los valores en góndola y carnicerías siguieron subiendo, mientras la Argentina perdía mercados tradicionales con menores ingresos de divisas.
Sin embargo la decisión presidencial se concretó y las consecuencias advertidas se conocieron al cierre de las estadísticas de junio: las ventas al exterior totalizaron 34.775 toneladas del producto, 25 toneladas menos con respecto a igual mes del año pasado, con el agravante de que el consumidor argentino pagó 18% más por los cortes habituales que no se exportan, superando los precios en las carnicerías de desfasaje inflacionario de 7 puntos porcentuales en el rubro de alimentos. Y se perdieron 108 millones de dólares.
No existe ningún saldo positivo, todo lo contrario, desde la puesta en marcha del decreto el 20 de mayo último con prohibición total y las flexibilizaciones posteriores que seguirían hasta el 31 de agosto venidero, los productores bajaron la guardia con menos actividad en toda la cadena de suministro, frustrándose una proyección de crecimiento del 14% interanual durante este semestre, que pudo marcar un récord de volumen exportado superior a las 460 mil toneladas, con un potencial anual cercano al millón.
Los informes del INDEC, de las asociaciones de productores, y de economistas coinciden en que el precio de la carne no es aislado sino del problema de la inflación y se comprueba en todos los alimentos y consumo básico. Por eso esta medida desacertada, que ojalá se revierta pronto, solo hizo perder mercados externos, puestos de trabajo, y millones de dólares cada vez más necesarios en las arcas del Estado. Las experiencias fallidas de este tipo de medidas oficiales deben remitirse al contexto de la economía y centrarse en un plan integral contra la inflación y hacer creíble al país para la inversión y el crecimiento.
