Las Naciones Unidas, a través del Programa para el Medio Ambiente, había advertido en marzo pasado la enorme cantidad de alimentos que no solo se desperdician sino afectan al medio ambiente, y ahora es el Fondo Mundial para la Naturaleza quien reafirma y amplía esta situación al comprobarse que un 40% de la producción cultivada en el mundo no es consumida a pesar de que millones de personas padece hambre.

Este desperdicio con su carga social contribuye al aumento con un 10% de los gases de efecto invernadero causantes del cambio climático, ya que la producción de alimentos utiliza grandes extensiones de terreno, agua y energía que duplican a las emisiones anuales de todos los automotores en Estados Unidos y Europa. Concretamente cada año se desperdician 2.500 millones de toneladas de alimentos, de los que 1.200 se pierden en el campo y más de 900 millones en la cadena de venta y los domicilios particulares.

El estudio muestra un problema mayor al que se estimaba y alcanza a todo el mundo, incluyendo a los deshechos alimentarios de la Argentina. Los países de ingresos medios y altos de Europa, América del Norte y Asia industrializada contribuyen con el 58% de las pérdidas anuales, a pesar de contar con una mayor mecanización agrícola, mejores sistemas de granjas y envíos a los centros de consumo.

Sin embargo alrededor de 4,4 millones de kilómetros cuadrados de terreno y 760 kilómetros cúbicos de agua necesarios para producir los 1.200 millones de toneladas de comida se quedan en el campo, antes, durante y después de la cosecha, o se desvías a otros usos como la alimentación animal o los biocombustibles. Las políticas inapropiadas hacen el resto cuando se concentran en la última cadena de suministro para controlar las ventas, pero no advierten sobre la gravedad del problema tanto a comerciantes como a consumidores.

La pandemia con los confinamientos obligatorios acrecentó el problema al causar interrupciones masivas en las cadenas de suministro, forzando las cancelaciones de contratos, el cierre de restaurantes e inutilizando grandes cantidades de productos perecederos. Por la crisis sanitaria el mundo está lejos de equilibrar la situación, mientras crecen las demandas sociales de millones de personas sin poder acceder a la comida, y ni siquiera al agua potable. En otros lugares se tiran 121 kilogramos de alimentos per cápita y 74 en los hogares, causando impactos ambientales, sociales y económicos.