De un momento a otro, ocho siglos de historia parecieron quedar en la nada, ante la inclemencia del fuego que todo lo destruye y que reduce a cenizas las creaciones mejores logradas por el hombre. La catedral de Notre Dame, un ícono del cristianismo y uno de los más bellos templos erigidos en Occidente, entre los siglos XI y XIII, en honor a la Madre de Cristo, ardía el lunes último ante el asombro y la incredulidad de todos los que pensaban que esto jamás podía pasar en una de las capitales del arte en pleno Siglo XXI, como es la ciudad de París.


Ese día, la historia quiso que hubiera un antes y un después en el pensamiento y la actitud que asumió el mundo entero respecto a la pérdida de uno de los legados más valiosos dejados por nuestros antepasados, sin distinción de credo o nacionalidad.


El antes, lo vivieron todos aquellos parisinos y turistas que, como ocurría habitualmente, visitaban el templo, ya sea para asistir a misa, o como parte del itinerario turístico que ofrece la capital de Francia a todo el que la visita. Casi como una obligación Notre Dame se abría generosa para mostrar su invaluable patrimonio atesorado por ocho siglos. La belleza inalterable de su estilo gótico, sumada a las obras de artes, esculturas, el magnífico órgano y tesoros muy apreciados por el cristianismo, como la corona de espinas de Cristo, permanecían seguros en un ámbito sagrado al que poco le rozaban los problemas que aquejan al mundo en la actualidad.


Pero el infortunio se ensañó con la catedral. El incendio removió mentes y corazones, y antes de que los bomberos lo extinguieran, con el daño ya perpetrado, desde todo los puntos del planeta hubo gente que reaccionó expresando su dolor por tan grande pérdida. Sin duda hubo una inflexión en buena parte de la humanidad, que sin ser indiferente a otros problemas mundiales de grandes proporciones, tuvo la oportunidad, ante este evento, de expresar un sentimiento auténtico y profundo. A toda la gente le dolió esta pérdida y fue capaz de manifestarse en consecuencia. Desde las personas más sencillas y humildes hasta encumbradas personalidades vinculadas a los gobiernos y el poder expresaron su sentir y llegaron a anunciar donaciones millonarias para restaurar el templo.


Observamos que en este "después'' hay gente predispuesta a dejar de lado diferencias o prejuicios para aunarse en un objetivo basado en reconocer que aquello que es patrimonio de la humanidad debe ser protegido y conservado.


Ante la fatalidad, la humanidad ha dado muestras de una auténtica sensibilidad y esto nos llena de esperanzas porque es un indicio de que el mundo está cambiando para bien.