Quién no se encantó alguna vez -y quiso contagiar a sus hijos- con la dulzura de Manuelita, la magia del Brujito de Gulubú y las disparatadas escenas de El reino del revés o de Canción para tomar el té, cuatro de sus entrañables creaciones infantiles con las que -años atrás- buscaba divertir a los más pequeños, pero también desafiar aquellas estructuras y solemnidades adultas en las que se sentía encorsetada. Y quién -ya con camino andado bajo los pies- no se conmovió con los profundos versos de La cigarra o de Serenata para la tierra de uno, apenas un par de ejemplos de su madura reflexión, que a pura poesía bordeó la protesta. Ícono indiscutido del cancionero popular argentino, ayer falleció la irreemplazable María Elena Walsh, quien según algunos memoriosos, un par de veces visitó San Juan. Un cáncer óseo que le diagnosticaron a los 51 años, al que dio pelea y que finalmente la apartó de la escena, le impidió llegar al 1 de febrero, para celebrar los 81.
