Desde tiempos remotos, mucho antes de la Primera Revolución Industrial, transitando épocas pre-coloniales de esta región cordillerana, la producción textil en telar manual era más que un arte. Mujeres y hombres de antaño, no solo creaban prendas y objetos útiles para la vida cotidiana de la población, sino también, fue un importante factor de desarrollo de la economía local, en el cual, el propio telar, era un instrumento común en cada casa, que involucraba a toda la familia a la hora de usarlo para tejer. Esa fue la tradición con la cual se nutrió Doña Elsa Mercado. Artesana oriunda de Albardón que lleva todo un legado ancestral en sus manos, en la misión de lograr que ese saber llegue a otros y perdure. Elsa es una las sanjuaninas que fueron reconocidas en el Encuentro de Tejedoras y Tejedores que organizó la Casa Natal de Sarmiento este fin de semana. Junto a otras mujeres como ella, son las madres espirituales de la Escuela de Tejidos que lleva adelante el museo nacional, con el fin de compartir conocimientos en el desarrollo de nuevas camadas de artesanos y artesanas mediante talleres anuales abiertos a toda la comunidad. Este encuentro celebrado el viernes y el sábado, fue el punto medular de este plan que tiene como objetivo primordial, la vinculación estratégica del oficio de tejer y las expresiones culturales tangibles e intangibles de las comunidades rurales y urbanas. Por eso el lema apropiado en el encuentro es ‘Tejiendo huellas, tramando historias’. Las tejedoras y tejedores que participaron de éstas jornadas, quedaron fascinados por la nueva joya que cuenta ahora la Casa Natal de Sarmiento: un telar tradicional construido como una réplica de la original que usó Doña Paula Albarracín de Sarmiento. Se lo nombra ‘Telar a Cuatro Vientos’ o ‘Telar Plantado’ porque estaba enterrado generalmente en los patios (de suelo de tierra) de las casas particulares. 

1. El liso, es por donde comienza a hilarse la lana.

Elsa, quien tiene una habilidad casi innata en el manejo de este telar de estilo colonial, pertenece a un extenso linaje familiar que se remonta hacia sus tatarabuelos provenientes de Jáchal: ‘toda mi familia fue tejedora, desde que tengo memoria. En cada casa, las familias construían sus propios telares. Y se tejía de noche, después de esquilar a las ovejas que criábamos. Todos nos poníamos alrededor del fogón en el suelo para tejer’, relataba la artesana. Primero se esquilaba, el paso siguiente era el lavado, se hilaba y después se teñía. Todo este proceso formaba parte de un ciclo natural que empezaba y terminaba cada año, el comienzo de la primavera y al finalizar el verano; y que hasta el día de hoy, este ciclo se sigue practicando, aunque a menor escala. 

‘Aprendí al ver de mi abuela como hacía los ovillos de lana, no había ni manual, ni nada escrito, todo era practicar, equivocarse y observar a los mayores’, remarcó Elsa. Para obtener tintes naturales, ‘se busca la cáscara del algarrobo, el llanto de la hoja, el hollín de la chimenea, de la jarilla, de la cebolla, de las hojas de eucaliptus. Se hierve en una olla con sal y se bate. Lo mismo es para con los tintes artificiales, pero la calidad es mucho mejor la natural y es lo que más buscan los compradores de todas partes’, explicó. 

2. Luego, en la urdimbre, va tomando forma el diseño de la prenda.

El nuevo telar instalado en la Casa Natal, fue probado y estrenado por las tejedoras regionales locales. Todas imprimieron su huella cultural sobre el tejido de una manta de lana. Ese momento, fue memorable para María Barroso (25 de Mayo), Ramona Pérez (Jáchal), Susana Ruarte (Valle Fértil), Inés Benegas (Caucete) y hasta para la misma Elsa. ‘Al ponernos a trabajar juntas, nos dimos cuenta que cada una tenía un conocimiento y una práctica diferente. Todas aprendimos de nosotras mismas, lo que vivimos fue muy hermoso, porque nos quedó todo el cariño que tenemos hacia este arte’, sentenció la artesana albardonera que, al igual que sus colegas, recibieron el premio Doña Paula, una llave simbólica otorgada por la Casa Natal de Sarmiento a cada una de las tejedoras tradicionales en reconocimiento a su labor cultural trascendente para la región.

‘Lo que más me llevo de todo esto, son nuevos conocimientos y satisfecha por la esperanza que esta tradición no se va a perder. Hoy los jóvenes pueden aprender para que el arte del telar no desaparezca’, concluyó Elsa. 

 

3. Con un mecanismo a pedal, se va controlando el proceso de construcción del tejido.