La postal es la misma, una y otra vez: grandes y chicos embelesados, mirándola, algunos desde bien cerca, como tratando de adivinar si es real. De tanto en tanto, ella alza apenas la mirada, les sonríe y con suaves movimientos, se acerca al espectador, le hace una caricia en el rostro y a modo de agradecimiento por la colaboración, pone en sus manos un puñadito de estrellas, flores, mariposas y corazones metalizados que con la misma parsimonia saca de su canastita tan blanca como ella. A esta altura, rendido ante su calidez, el público no puede despegar los ojos de esta bella estatua viviente que, ataviada como un ángel, anima distintos eventos sanjuaninos, desde ferias de diseño hasta casamientos. Pero la sorpresa es aún mayor cuando, en un momento dado y con sus ojos todavía entornados en ese rostro serenísimo, abre su boca y comienza a entonar de maravillas alguna canción lírica. "La estatua que canta" -como se fue haciendo conocida de boca en boca- no es otra que Ivana Sánchez Lloret, una bella joven de 34 años que está en la recta final del Profesorado de canto en la UNSJ, quien, alentada por un par de amigos, decidió lanzarse al mundo de las estatuas vivientes y darle a la suya su sonoro toque personal.
"Empecé con esto en el 2008, por Alcira Núñez y Diego Miriani. Un día hacía falta una estatua y me dijeron ¿por qué no lo hacés? Y yo dije ¿Por qué no? Y así comencé", cuenta la chica que da clases particulares de canto, que fue artista callejera en Monte Hermoso, que hace clown, que fue parte de la Opera de San Juan y que actuó como "cortesana del Sol" en una edición de la Fiesta del Sol. Y que, también, tiene otra cualidad que la hace especial: es que la paz que transmite se nutre en la meditación hindú que sigue hace muchos años y que realiza incluso -aunque el bullicio la desafíe- durante las más de dos horas que está de pie sobre el pedestal.
"Siempre hice meditación y creo que desde ahí y desde la música se pueden incluso hacer sanaciones. Uno entrega luz y energía, amor y paz, y la gente lo percibe y ahí se establece esa comunicación", agrega la estudiante, que -no por casualidad- se especializará en musicoterapia; y que no titubea en definirse como "artista y sanadora".
En esa sintonía -y si bien reconoce que son los chicos los que más ternura le despiertan cuando la rodean, porque "es como mágico y ellos aprecian eso"- la soprano cuenta que le gusta observar a los adultos. "Cuando veo alguna carita triste o preocupada, me acerco porque después del cariño, al menos es seguro que se va con una sonrisa", sostiene sin perder su serenidad ni siquiera despojada de los atuendos.
Claro que no todas son rosas, porque nunca faltan aquellos que la miran de reojo. "Es que aún hay prejuicios respecto al trabajo de algunos artistas. Así como hay gente que ve en uno algo sublime y te dice algo lindo, otro pasan de largo indiferentes y te ignoran", comenta la muchacha que tuvo que aprender a resistir de pie, prácticamente inmóvil, para que luego la cintura y los pies no le pasen factura. Y en el renglón de lo gracioso, están aquellos que intentan hacerla reír o que hablan frente a ella como si realmente fuera de piedra.
"Pero lo más lindo de todo es que, especialmente con el ángel, que es el más fuerte; o en los otros personajes, la gente deja de lado los bloqueos de la vida cotidiana y se conecta con su sensibilidad", subraya Ivana, a quien muy pocos reconocen cuando -ya sin maquillaje ni telas blancas envolviendo su cuerpo- atraviesa los salones para marcharse a casa, con una gran sonrisa de satisfacción.

