Los Piojos actuaron en Mendoza ante unas 40 mil almas, en el marco de la gira que los llevó a de nuevo a los escenarios. La crónica da cuenta de una épica presentación para su público, que ya suma hasta una tercera generación de fans.
La mítica banda de El Palomar sonó como cuando supo alcanzar su estado prime a fines de los 90 principios del 2000 y su esencia arrasadora aplastó algún desarreglo que en otros contextos hubieran quedado más al descubierto.
Un Ciro, explosivo, empático y un frontman hipnótico, que parece rejuvenecer en cada canción a sus 57 años, comandó un recital con la emotividad como hilo conductor. Las tablas del histórico teatro Frank Romero Day, acostumbras a reinas, a odas a la inmigración y a malambos y tonadas acogieron un power rock que sacudió la gran acústica del lugar. “Cada vez más cosas me unen a Mendoza”, dijo hacia el final Andrés Ciro Martínez, que soñó desde su visitas en modo solista traer al escenario mayor de los mendocinos a sus Piojos. Lo logró después de años de hacer crecer su vínculo, no solo musical, con la provincia con el mejor vino del país.
Las entradas estaban agotadas desde hacía semanas. La expectativa era gigante. Los alrededor de 40 mil de fanáticos, entre teatro y cerros, comenzaron a colmar las inmediaciones del Frank Romero Day desde muy temprano, los accesos no son los más cómodos para un evento de tal magnitud. Los locales lo sabían, fueron previsibles, dejando de lado la impuntualidad mendocina, y llegaron con varias horas de anticipación a la cita de las 21.
Pero el fervor piojoso trasciende fronteras y eso se puede verificar con las decanas de micros y trafics que llegaron desde casi todas las provincias del país. La “manija” comenzó fuerte el jueves cuando se filtró el escenario montado en el teatro griego con un gigantesco piojo custodiando el campo del pogo.
Afuera se vivió un show aparte protagonizado por la exaltación de piojosos de todas las edades. Los originales, que sacaron su mejor look rolinga de los 90, y los nuevos que aggiornaron el arquetipo del outfit rockero a su era de redes y consumo global. Todo este choque etario convivió en una feria itinerante de decenas de puestos de choris, bebidas y merchandising.
La organización estuvo a la altura y el ingreso y la desconcentración se vivieron en total calma. Predominó la vibra del rock fraternal.
Fuente: Los Andes

