A 35 años de su asesinato a manos de los militares salvadoreños, y tras un proceso eclesiástico dilatado por cuestiones políticas y presiones de los sectores más conservadores de la Iglesia Católica, el arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero, fue beatificado ayer en un acto de masas en la plaza Salvador del Mundo.
Romero fue un ícono de la Iglesia Católica en la lucha contra las dictaduras militares de Latinoamérica.
La misa de beatificación fue presidida por el cardenal italiano Angelo Amato, delegado personal del papa Francisco, quien en febrero de este año dio el impulso final para la beatificación al reconocer oficialmente el martirio.
La ceremonia oficial que elevó a los altares al obispo mártir defensor de los pobres y la justicia fue presenciada por más de 300.000 personas, una concentración de fe que no tiene precedentes en esta nación centroamericana.
El largo camino de Romero hacia los altares comenzó oficialmente en 1990, y el papa Francisco desbloqueó en 2013 el proceso, estancado desde 1997, cuando el Vaticano aceptó la validez de la causa.
La beatificación quedó definida cuando Amato derramó incienso sobre la reliquia del mártir, consistente en la camisa ensangrentada que vestía el día de su asesinato, flores y una palma que significa “la victoria de los mártires”.
El mártir Romero es el mártir beato (…) ya es el mártir beato”, dijo el narrador del acto religioso, tras relatar que Amato
pasaba el incensario por “la reliquia de Romero”.
Los asistentes no pudieron contener la emoción y las lágrimas, aplausos y gritos inundaron la plaza, a la que de madrugada llegaron miles de devotos de “San Romero de América”, como le llaman los salvadoreños desde hace muchos años ya.
Los vítores dedicados a Romero y las pancartas que exhibieron fragmentos de sus homilías, muy críticas de los poderes que dominaban a El Salvador en su época, se pudieron ver a lo largo del acto religioso, en el que participaron también el postulador de la causa, Vicenzo Paglia, y el arzobispo de San Salvador, Luis Escobar Alas.
El 24 de marzo de 1980, monseñor Romero fue asesinado de un tiro en el pecho por un francotirador mientras oficiaba una misa en la capilla del hospital Divina Providencia de San Salvador, un día después de su vehemente llamado al ejército y a las fuerzas de seguridad a “cesar la represión” y a sus integrantes a desobedecer órdenes de matar a “su propio pueblo”.
Defensores de derechos humanos y allegados a monseñor Romero dicen que el arzobispo era el “ancla” que impedía a El Salvador zarpar a un viaje de sangre y dolor que, a la postre, costaría la vida de unas 75.000 personas en 12 años de guerra civil.
La guerra civil salvadoreña que enfrentó entre 1980 y 1992 a la guerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y al Ejército salvadoreño, financiado por EEUU, causó unos 75.000 muertos y 8.000 desaparecidos.
El conflicto concluyó con la firma de los Acuerdos de Paz en Chapultepec, México en 1992. Éste fue el primer conflicto civil en el que la ONU intervino directamente para lograr un armisticio.
