En la URSS era tradición emitir en la televisión “El lago de los cisnes” cuando moría un líder, pero aquel 19 de agosto de 1991 el ballet de Chaikovski anunció un golpe de Estado que precipitó la defunción de la propia Unión Soviética y la caída del comunismo que la había gobernado con mano dura por más de 70 años.

La intentona golpista liderada por la cúpula del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) contra el líder soviético y padre de la “Perestroika”, Mijaíl Gorbachov, fue un fracaso y supuso el fin al régimen más poderoso del planeta, que buscaba de manera desesperada vías para sobrevivir en medio de una de las peores crisis económicas de su historia. Querían “salvar” decían el sistema socialista y la integridad del país.

Millones de rusos despertaron aquella mañana intrigados por el cambio en la programación habitual, pero no tardaron en enterarse de que un puñado de dirigentes de la cúpula del PC se había propuesto poner fin a la “Perestroika” -proceso de democratización política y económica- y devolverlos al pasado.
A primera hora de la mañana la agencia oficial TASS informaba que el vicepresidente soviético, Guennadi Yanáyev, asumía la dirección del país debido a la mala salud del presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov.

A los dos días Rusia sabría que el padre de la “Perestroika”, el hombre que con sus esfuerzos por modernizar el país comunista descubrió al pueblo que otro modelo de Estado era posible, había sido retenido junto a su familia y contra su voluntad en la península de Crimea, en Ucrania, donde se encontraba de vacaciones.

Doce de los más altos cargos de la “nomenklatura” del Partido Comunista se erigieron en el Comité Estatal de Emergencia (GKChP) que intentaría durante los próximos tres días desmontar los avances democráticos logrados por Gorbachov.

En vísperas de la firma de un nuevo Tratado de la Unión, llamado a reestructurar la URSS para dar más poder a las repúblicas, los golpistas hicieron lo posible para evitar lo que consideraban como un paso sin retorno hacia la desintegración de facto del país.
Paradójicamente, los intentos del GKChP de ahogar la incipiente libertad de expresión se tornarían en la práctica defunción del propio Partido Comunista y en una popularidad sin precedentes del presidente ruso, Borís Yeltsin.

Aquel 19 de agosto, las cámaras de televisión de todo el mundo captaron una imagen que pasó a la historia: encaramado a un tanque y rodeado por una multitud exaltada, Yeltsin llama al pueblo a una huelga general indefinida y a la desobediencia civil contra lo que califica de “golpe de Estado reaccionario”.
Una marea de ciudadanos escuchó la llamada de Yeltsin y se sumó al sentir mayoritario: el pueblo no iba a permitir que lo encerraran de nuevo tras el telón de acero.

Con los militares ocupando posiciones en los puntos estratégicos de Moscú, como la agencia TASS, la Radiotelevisión Soviética y las residencias estatales, miles de moscovitas tomaron literalmente la plaza Maniezh, a las puertas de la Plaza Roja, y la entrada a la Casa Blanca, la sede del Gobierno de Yeltsin. El mismo 19 de agosto, una nutrida parte de la división acorazada “Tamánskaya”, acuartelada en las afueras de Moscú, renegó de los golpistas y sumó sus tanques a la defensa de la Casa Blanca.

Los momentos más trágicos del golpe se vivieron en la madrugada del 21 de agosto, cuando tres personas murieron al hacer frente a una columna de blindados en las proximidades de la sede del Parlamento ruso.

Sofocada la asonada, la mañana del 23 de agosto el presidente ruso, Borís Yeltsin, el líder de la resistencia a los golpistas, firmó en las barbas de Gorbachov un decreto por el que suspendió las actividades del PCUS.

Al día siguiente, Gorbachov renunciaba a la secretaría general del PCUS y Ucrania proclamaba su independencia, a la que seguirían las de la demás repúblicas de la URSS que para entonces aún no lo habían hecho.

Por entonces, el PCUS tenía más de 20 millones de militantes y la Unión de Juventudes Comunistas contaba con más de 40 millones de miembros, todo un ejército, que tres días después asistió indiferente al desplome del régimen.