A usted, Don Walter Castro Costa, humildemente homenajeo. Cuando su hijo me hizo llegar sus saludos, me emocioné profundamente. Parece increíble, pero no lo veo desde hace no sé cuántos años. Lo tenía calladito y casi escondido en el arcón del pasado, pero vivido y en la cima del buen recuerdo. Eso sí, como alguien amigo de mi padre y, fundamentalmente, como un gran profesional. Usted prestigió aquella Radio Sarmiento (y antes Radio Los Andes), desde la redacción y la "cocina” de la noticia. Primaveras han pasado, muchísimas, y usted luce radiantes 90; pero el paso de los años no impide verlo sentado, corpulento, voz profunda y bellamente sonora, gran profesional, describiendo perfiles y sueños de un San Juan que parece haberse ido cantando bajito por acequias de ensoñaciones, entre difíciles logros e ideales.

Entrábamos con nuestro padre al hall de aquella radio -su radio- niños casi, para presenciar un concurso de nuevos cantores. Entonces, allí, en una habitación cercana al estudio donde usted nos agasajaba con sus noticias, así como al descuido, nos pusimos a entonar algo que sabíamos a empujones. Entonces, se acercó el director artístico de la radio, un Sr. Vaca, y no preguntó si veníamos a competir. Cuando les respondimos que sólo veníamos a escuchar, se sorprendió y dijo que le gustó mucho como cantábamos; y, así de golpe (un sueño seguramente) nos contrató para un ciclo de tres meses en el extraordinario Salón Auditorio de la radio. Así empezamos nuestro camino con la música.

Querido Don Walter: sé que anda muy bien, de qué otro modo puede andar alguien que ha honrado la vida con su noble profesión, y que está sanito. A veces pienso qué dirán aquellos que dignificaron un micrófono con la verdad como racimo, con la sobriedad como emblema, cuando todo ha cambiado tanto, salvo honrosas excepciones; cuando hay periodistas partidarios, periodistas militantes. Bueno hubiera sido que supieran que ustedes sólo tenían la militancia de la buena noticia, aquella que -dura o grata- respondía a la verdad.

Tiempos aquellos de los radioteatros, del fútbol sanjuanino a canchas llenas, de San Juan en la cúspide del básquet nacional, del enorme cuan humilde Vicente Chancay y el carisma envolvente del gran Payo Matesevach y de nuestros varios campeones argentinos de velocidad; de mi adolescencia crecida en lirismo y carnavales dorados, donde San Juan entregaba sin pudores el alma, desnudada en lanza perfumes y baldazos en emboscada; de mi calle Santa Fe donde mis abuelos enaltecían la humildad y la ternura; de mi hogar a la vuelta de aquella casa, de mi hogar, de mi hogar, de mi hogar.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.