Hemos comenzado el mes de junio, dedicado a honrar al Sagrado Corazón de Jesús. Reflexionar sobre el corazón implica pensar en la felicidad, ya que ésta sólo es posible en el corazón y no en otro lugar; se halla en la "disposición interior" y no en la "situación exterior". El corazón de Jesús nos enseña que la felicidad no consiste en poder satisfacer todas las necesidades, sino en tener menos necesidades posibles que satisfacer. Por eso es que pensé que ahora podíamos dedicar este espacio para "recordar" (traer al corazón) el amor de Jesús expresado en la finalidad de la solemnidad del Sagrado Corazón. Se trata de una fiesta que hunde sus raíces en la Sagrada Escritura y en la teología que de ella se deriva. Debo señalar que la espiritualidad del corazón de Cristo se ahondó más en mi sacerdocio, gracias a un hecho que resultó clave. Fueron los cursos de teología bíblica realizados en el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, bajo la guía profunda y enriquecedora del sacerdote jesuita belga Ignace de la Potterie, que trataban sobre "Il mistero del cuore trafitto" ("El misterio del corazón traspasado"). En él descubrí aspectos nuevos de lo que, no es sólo una devoción, sino más bien una espiritualidad basada en el amor sin medida de Jesús, manifestado en el momento cumbre del Viernes santo, cuando el soldado, al percibir que quien colgaba de la cruz estaba muerto, atravesó su divino costado haciendo brotar de éste, sangre y agua, signos visibles de la redención y la purificación que Dios preparó para la salvación de todo el género humano.

Esta fiesta encuentra su fundamento en la Edad Media, época fecunda para el desarrollo de esta devoción. San Bernardo, san Buenaventura, santa Matilde de Magdeburgo y más tarde santa Gertrudis y santa Catalina de Siena, profundizaron este misterio. Veían en el corazón, el "refugio" en el cual acogerse, la sede de la misericordia y el lugar de encuentro con Dios. Más tarde, será san Juan Eudes (+1680), quien se convertirá en el gran promotor de su culto litúrgico. Pero es la religiosa santa Margarita María de Alacoque, quien en el convento de la Visitación en Paray-le-Monial (Francia), recibe una serie de revelaciones entre 1673 y 1675 donde Jesús le muestra su amor por los hombres. Fue el 16 de junio de 1675, cuando Jesús se mostró con su corazón ardiendo en llamas, y le decía: "Mira este corazón que, a pesar de consumirse en amor abrasador por los hombres, sólo ha recibido frialdad, indiferencia e ingratitud". Como sucede siempre, Dios muestra sus caminos, que son simples e invitan a admirar, no la prepotencia o el rigorismo farisaico, sino la ternura de un Dios que muere de dolor amoroso por haberse dejado antes herir. Afirmamos esto, ya que en el siglo XVII, cuando la visión errónea del jansenismo proclamaba los rigores de una justicia divina sin piedad, Jesús indica a aquella religiosa francesa los recursos indispensables para la rica espiritualidad del sagrado Corazón, antídoto eficaz para suscitar, no el miedo sino la confianza en Dios.

Ante los peligros de diversa índole que amenazan al hombre contemporáneo, la espiritualidad del costado abierto de Jesús es una invitación a descubrir su amor como refugio. Como el apóstol Juan, cotidianamente deberíamos recostarnos en el pecho de Jesús a través de la oración, y percibir los latidos de un corazón que se desvive por su obra de arte, la criatura humana, y en el cual se concentra la voluntad del Padre: amar al mundo hasta el punto tal de entregar a su Hijo único a la muerte, y muerte de cruz. Bíblicamente, el corazón, es el núcleo íntimo y esencial de una persona. Se trata de lo más profundo del ser, donde se toman las decisiones y elecciones claves. Además, el corazón es lugar de encuentro del hombre con Dios y donde se sella la alianza del transparente amor entre el Creador y su criatura. Desde allí se nos muestra la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de su divino corazón (cf. Ef 3,17-19). Es ancho porque en él pueden entrar todos, incluso los enemigos. Su longitud se revela en que es eterno, y por eso "nos amó hasta el extremo". Se destaca su altura, porque es sobrenatural. Es profundo porque es como un abismo en el que se diluye la oscuridad del hombre ante la claridad de un Dios que es luz.

En tiempos como los actuales, donde casi todo se racionaliza y el temor pasó a ser sentimiento generalizado, la espiritualidad del Sagrado Corazón puede ayudarnos a recuperar la dimensión del corazón y vivir la característica del "amor preventivo" de Dios, del cual tanto predicaba san Juan Bosco. Nuestros contemporáneos necesitan humanidad y atención cordial. De ahí que resulta prioritario tener un corazón que sea manso y humilde. Como subraya Benedicto XVI, "el programa del cristiano -el programa del buen Samaritano, el programa de Jesús- es un corazón que ve. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia" (Encíclica "Deus Caritas est", 31).