Esos mismos pueblos suelen hacer tronar el escarmiento cuando se hartan de la inconsistencia de la palabra vana esgrimida en los altos niveles de conducción de los Estados, palabra que se derrocha en el tiempo sin ofrecer garantías a la "simiente" donde germina la vida ni otorgar seguridad a la "cimiente" que funda e instituye el desarrollo integral de la persona humana. El Séneca de la contradicción histórica superó con creces al Séneca contemporáneo que promovía en su fuero la sutil expresión "has lo que yo digo, pero no lo que yo hago". A las dirigencias de todos los tiempos no les ha bastado conocerle al viejo filósofo para hacer gala de sus mismos hábitos. "No será, por lo tanto, la palabra vana, repetitiva en exceso, la que convenza para la cosecha de sus frutos en el tiempo". Es la prédica del ejemplo la única capaz de persuadir y conquistar verdadera y realmente detrás de los grandes objetivos de una nación.

Una Argentina contradictoria en sus extremos esenciales comienza a caerse por sobre los buenos auspicios de su realidad económica y desarrollo social. Una Argentina asfixiada por la inmoralidad no le conviene a nadie ni permite el modo idóneo de la construcción presente ni futura. Una Argentina mediatizada que supera al valor intrínseco de sus instituciones jurídicas y culturales hace imposible descubrir la brújula de la coherencia hacia destinos ciertos y previstos desde el pensamiento enaltecido, desde la voluntad creadora inspirada al bien común. Una Argentina estandarizada en la mediocridad no puede fijarse metas trascendentes que superen su propio tiempo porque no ha sido capaz de garantizar su progreso que no significa enunciarse como tal. Una Argentina que cambia no es, precisamente, una Argentina progresista si no es transformadora de su realidad afligente. Un proyecto nacional se construye desde abajo hacia arriba y se ejecuta desde arriba hacia abajo. Para que ese proyecto tenga visos de seriedad y conlleve la verdadera participación y comprensión de todos, requiere y necesita plasmarse en la Constitución Nacional, para que la sociedad haga realidad su sentido de pertenencia de "un todo que es de todos" y no del antojo de ningún gobierno, funcionario o mandamás de turno. Necesitamos llegar a la Argentina del Proyecto Nacional construido "por todos" los argentinos "para todos" los argentinos, porque sólo así, en virtud de ese consenso, gozaremos de la inclusión que se declama con fervor inusitado. Sólo en esa institucionalización del proyecto el ciudadano argentino y la niñez no ciudadana amasará la inclusión verás desde la justicia asegurada por consenso. Es en ese espacio de la política donde se cualifica sustancialmente distinguiendo al que conduce porque nos habla desde el futuro, nos indica el camino que no es, precisamente, el de la corrupción, ni el de la inseguridad en todos los órdenes, ni el del aumento de nuestros muertos por nada, ni el de la educación sin proyecto. La Argentina que debe construirse desde la eminencia es la Argentina moral, que asegura la vida, que garantiza el devenir venturoso, con planificación en el corto, mediano y largo plazo, que nos libere de la propia cárcel que son las rejas de nuestros hogares, del pánico al transitar las calles o rutas, del llanto por tanto dolor en democracia sosteniendo una guerra inútil que nos roba inútilmente los hijos todos los días. Esa es la Argentina que queremos y no se construye con la vana palabra ni desde la economía, sino con la prédica del ejemplo. ¿Tanto cuesta entenderlo?