Nuestra vida está señalada por un conjunto importante de acciones. Cada una de ellas tiene un significado, un sentido, un valor. El hombre, intérprete de esas acciones sabrá cuándo y en qué momento ellas definen su personalidad y su carácter. Por este motivo sus actos propios se revisten de un importante calificativo o cualidad que se aproxima a lo que la persona es o como se define.

Para este tiempo de Semana Santa y particularmente en los días de mayor significación, usted habrá reflexionando sobre su modo ser y estar, en la familia, en el trabajo, en la escuela, en la calle, en su vida política, en sus momentos de distracción, etc., pero de entre todos ellos, se destaca un particular momento: el de estar con el prójimo, el de verse como cristiano, el de sentir y seguir al mismo Cristo, verdadero motivo de esta reflexión. Pues es aquí donde se observa la piedad, motivo de examen de sus conductas y motivo de análisis espiritual de su fe y de su forma de acercarse a Dios.

Es la oportunidad de aprender de la piedad. "La piedad compromete a todo creyente y es la medida perfecta para juzgar los actos humanos orientados a la fe". "La piedad es una virtud espiritual que conforma el criterio para definir y significar nuestras acciones propias de nuestra vida interior".

El término piedad, viene de la palabra latina "pietas", la forma del sustantivo del adjetivo "pius", que significa devoto o bueno. Se define la pietas como un sentimiento que impulsa al reconocimiento y cumplimiento de todos los deberes para con la divinidad, los padres, la patria, los parientes, los amigos, etc. También se la define como la inclinación afectiva, con pena o sentimiento, hacia una persona desgraciada o que padece. Como sinónimo de devoción, se la limita al amor y respeto consagrados a alguien, por ejemplo a los padres o a las cosas sagradas.

La piedad ha sido motivo de inspiración de quienes se han compadecido del sacrificio del mismo Cristo quien dio su vida por todos nosotros para que de una vez por todas comprendiéramos el sentido de la vida y su proyección hacia la eternidad. La comprensión de esta garantía está en los objetivos centrales de quienes conducen el misterio de la fe entre los hombres, es decir, de los sacerdotes, pastores y por ende de la misma Iglesia. Recordemos todos que no sólo los creyentes o seguidores en la fe deben procurar la piedad sino el mismo director espiritual de una comunidad quien con su servicio, fortaleza y fe debe acompañar al mismo hombre, reconociendo que sus acciones no sólo deben reflejar un manifiesto de esa fe sino además testificar de ella en todo momento, pues su imagen y su presencia jamás debe estar ausente. Ya el mismo Cristo lo expresó en la misma noche en que iba a ser entregado "Permaneced en oración por mí", queriendo significar una verdadera compañía en oración pues su dolor y aflicción por los pecados del mundo eran sentido en su parte humana aunque la esperanza permanecía en su faz divina.

Lo que la piedad debe eliminar en cada uno de nosotros es:

La dureza de corazón: Nos importa sólo nuestros propios intereses. Únicamente hay lugar para lo que nos conviene a nosotros, no queremos incomodarnos en nada para ayudar a los otros, no nos duele lastimar a Dios.

Dejarnos llevar por los sentimientos: El verdadero amor se demuestra con las obras y no tanto con las buenas intenciones y sentimientos.

Soberbia y orgullo: Es una actitud de ponerse por encima de Dios y de los demás. Nos lleva a vivir los propios caprichos y no queremos que nada ni nadie nos estorbe.

Superficialidad y materialismo: Ata el corazón y no lo deja elevarse a lo espiritual porque estamos preocupados por las cosas materiales y muchas veces no esenciales.

Egoísmo: Pensar primero en uno mismo.

Pereza: No permite que haya constancia en nuestro compromiso con Cristo. Nos dejamos llevar por lo más fácil y cómodo.

Reflexionemos todos en este tiempo, acerquémonos a nuestros padres, hermanos, amigos, compañeros, incluso a quienes nos ofenden. Acompañémonos en el matrimonio, en familia, pero por sobre todo no dejemos en soledad a Jesús, el jamás nos abandona, está con nosotros, permanece junto a nosotros, por el amor del mismo espíritu. Deja de lado la ambición y el poder, procura más bien la autoridad. De nada vale ganar todo el mundo si perdemos nuestra alma. Respetemos a los demás, todos tienen la misma oportunidad. No caigamos en soberbia, vanidad u orgullo pues nuestro hermano también merece lo suyo. En definitiva, vivamos todos los días en la presencia del Señor quien en su infinito propósito nunca nos abandonó. ¡Feliz resurrección para todos! ¡Felices Pascuas!